La República del Teatro |
Comentarios críticos sobre El dictador de Copenhague de Martha Márquez |
Hablaré un poco sobre la propuesta dramatúrgica, para luego comentar la puesta en escena que también tocará el tema de las actuaciones de esta obra escrita y dirigida por Martha Márquez.
Definitivamente debo decir que Martha Márquez se las trae con su propuesta dramatúrgica. Lo ha venido demostrando en su labor como dramaturga y directora de Teatroas, grupo que fundó con algunos de sus colegas Licenciados en Arte Dramático de la Universidad del Valle. De Martha siempre hemos de esperar gratas sorpresas cuando se trata de leerle una obra de teatro y El dictador, por supuesto, no ha sido la excepción. Bástenos recordar obras como “Tres moriremos mañana” autodenominada comedia pesimista, “Comedia para un hombre y una mujer” en la que nos encontramos con una pareja envuelta en procesos judiciales, homicidios y suicidios que se presentan luego de su divorcio, “El lisiado feliz” un historia que podríamos catalogar (y que me excusen los teóricos por darme ínfulas de ‘catalogador’ teatral) como un drama cómico trágico de adolescentes que reflexiona sobre la convivencia y la tolerancia, “Blanco totalmente blanco” drama con el cual Martha gana el segundo lugar del Premio Jorge Isaacs 2007 (cuando este premio incluía dramaturgia) y, como para no extenderme más en este asunto quiero mencionar su obra “Mr. Splut” propuesta dramatúrgica dirigida a un público adolescente que fue seleccionada como una de las mejores cinco propuestas a nivel iberoamericano en la convocatoria teatral Patios del Recreo en Argentina.
Entonces, de vuelta al Dictador, tendremos que decir que es un trabajo de escritura que plantea rupturas estructurales en su dramaturgia; rupturas desde el punto de vista de cómo se cuenta la historia, pero que a su vez plantean una guía de lectura o ruta de viaje. Es decir, no se abandona al lector a lo que él quiera deducir o interpretar en su intento de armar la historia; y creo que ese es su logro más importante, que al final es posible, como lectores, estar de acuerdo en una misma historia. Sí, es una propuesta que, dados ciertos cánones o convenciones actuales, podríamos llamar contemporánea (como para no meternos con la berenjenal discusión de si es posdramática o no lo es) si con ello queremos decir que en esta obra se rompe la estructura clásica de comienzo, nudo y desenlace, pero que al final es posible armar el rompecabezas.
Pues resulta que es este el tipo de teatro que escribe Martha, al que nos tiene acostumbrados y con el cual siempre nos sorprende y deleita, bueno, por lo menos a mí.
Con El dictador asistimos a esta clase de obras que se sustentan en lo local, pero que por su tratamiento resulta universal. En qué país no hay violadores, serán muy pocos en los que no. Serán muy pocas personas las que no recuerden con agrado algún o algunos maestros de esos que en la formación adolescente influyeron para que su vida se llenara de metas y sueños. Serán otras muy pocas que en aquella edad de desórdenes hormonales no tuvo un platónico amor con uno de sus maestros o maestras. A quién, en algún momento no se le ha pasado por la cabeza tomar justicia por sus propias manos. Pues bien, a esto es a lo que me refiero con la universalidad del texto.
Con respecto a la puesta en escena y sustentándome en que mi primer argumento o impresión es el gusto, séame permitido expresar en un tono fuerte y concreto que me gustó. Me divertí y me conmoví y si una obra me divierte y me conmueve me gusta.
Ahora bien, sabiendo que para intentar un comentario serio no solamente debo sustentarme en el gusto no más, probaré exponer mi punto de vista sobre la puesta en escena de esta obra.
En cuanto a lo escenográfico me resulta interesante la propuesta de hacer converger en el escenario varios espacios (aula de clase, casa del dictador, portillo de la casa del dictador, calles de Copenhague, casa del asesino). Creo que se logra sostener la convención de poder superponer los distintos espacios cuando se nos ha construido uno de ellos; me explico, por ejemplo cuando se instala el profesor para hacer sus dictados y la alumna se sienta en el pupitre sabemos que la acción dramática está ocurriendo en un salón de clases. Otro ejemplo es cuando el dictador se encuentra con el mendigo en la calle, aunque seguimos viendo el gran tablero nos quedamos instalados en la calle del pueblo. Y ya para concluir este aspecto debo insistir en que me agrada la manera de solucionar cada uno de los espacios escénicos ya que generan unas atmósferas bastante interesantes.
En cuanto a las actuaciones de la obra debo decir que me resultaron bastante gratas y afortunadas. De ellas, por supuesto, debo resaltar la de Guillermo Piedrahita quien interpreta nada menos que al Dictador y vaya personaje; definitivamente es magistral. Sobresale, también, el personaje de la adolescente que se enamora de su profesor. La actuación de Gabriel Uribe quien interpreta al asesino reformado es sobria pero contundente. Aunque la escena del asesinato del exconvicto no me pareció del todo convincente, sí llega a conmover pero creo que la tensión dramática no desarrolla la gran resolución del dictador, tomar la justicia por mano propia: juzgar y castigar. No obstante y en términos generales, creo que en este aspecto la directora se ganó otro hit al congregar este elenco que combina juventud, experiencia y, ante todo, mucho talento.
Ahora, me parece justo insistir en que esta propuesta es bastante arriesgada y que de alguna manera exige, sobre la marcha, ser vista de manera inusual. Es una teatralidad que definitivamente no pide ser vista a través de una mirada infranqueable. Es un tipo de puesta en escena que desde su dramaturgia pide que el lector-espectador vaya descubriendo su estructura; que si no dejamos que nuestra lectura se rompa o se desestructure con la obra, no podríamos en primera instancia disfrutarla, para luego armarla, reestructurarla o reconstruirla. Es una obra que pide seguir siendo vista hasta después de que se acaba y es precisamente eso lo que me parece un acierto: crear en el espectador la sensación de haber estado, todo el tiempo, interactuando con la puesta en escena, haciendo parte de ella en su imaginario.
Lo que nos lleva de vuelta a insistir en que Martha Márquez se las trae con su propuesta dramatúrgica y permítanme concluir diciendo que, definitivamente, Martha Márquez, el elenco de “El dictador de Copenhague” y su equipo de producción, merecen, de mi parte, un inmenso ¡Felicitaciones!