La República del Teatro |
Comentarios críticos sobre El dictador de Copenhague de Martha Márquez |
El comienzo de la obra ubica al Dictador en una situación límite: está solo y cree oír un toc toc en la puerta. No sabe si es verdad o no: “Me pareció escuchar un toc toc en la puerta”. La pérdida de contacto con el mundo real nos presenta su drama en toda su intensidad de dolor y desgarro, que descubrimos a través de sus pensamientos, de la confusión y angustia ocasionada por la muerte de su hijo. Lo ve entrar radiante como la luz del día y al mismo tiempo descubre en su pierna una mezcla de semen y sangre.
Este inicio abre la situación del personaje a su dolor sordo, que ha empezado desde la violación y asesinato de su hijo y nos lleva a las penumbras y laberintos de sus pensamientos.
Las situaciones saltan de manera vertiginosa, sin sucesión cronológica, el personaje pasa de una situación a otra sin solución de continuidad y como en los sueños se superponen las imágenes.
Durante el montaje empecé a meterme en los conflictos del personaje, y a viajar a través de su drama. El Dictador tiene momentos cruciales: Entra en zozobra después del encuentro con el mendigo que le señala al asesino de su hijo que vive en libertad en su mismo pueblo. Con su hijo vive relaciones ambivalentes: la imposibilidad de abrazarlo cuando este se va de la casa, golpearlo cuando llega tarde porque piensa que su educación debe ser fuerte y los castigos duros. En la celebración del cumpleaños, no puede decirle que lo quiere, pero inmediatamente está en su escuela dando un dictado desbordado de palabras con toda su pasión y cariño por sus estudiantes. Con su alumna amada, quien con su provocación inocentemente perversa lo lleva a estados insospechados de deseos, pasiones reprimidas y rabias, situándolo al borde del comportamiento del asesino de su hijo. Con el reencuentro con el ex alumno que vive en el verdadero Copenhague, muestra todo lo que el profesor ha perdido a consecuencia de su tragedia. Al final, después de esconder su odio y rabia, decide buscar al asesino y al confrontarlo cae vertiginosamente en la búsqueda de justicia por su propia mano.
Una orientación de la dirección fue que nuestro trabajo de actuación encontrara el alma del personaje; esto me llevó a la búsqueda interna del mismo, a indagar cómo su manera de pensar determina sus actos. Cómo hacer que sus pensamientos sean verdaderos en escena y no exteriores. Cuáles son sus motivaciones internas, qué lo mueve, qué lo incita en la ejecución de las acciones. Qué esconde detrás de su máscara. Estas fueron tareas fundamentales durante todo el proceso del montaje.
Aparecen los secretos, los misterios que no se conocen del personaje, y entre más enigmas, más intenso es el trabajo del actor. Esas preguntas y descubrimientos nunca acaban. Uno da respuestas con las acciones, pero otro actor podrá inventará otras.
En este personaje los diálogos que mantiene con él mismo son muy reveladores. Como él dice: “Aparecen los pensamientos como dictados. Los dictados que tenemos todos. El lastre de nuestra habladora soledad. El ser hablante que no para de hablar por dentro y que nadie puede escuchar afuera”. Cuando habla solo, sus pensamientos mueven su alma adolorida y crean una detención del tiempo y extraña distorsión de las acciones.
Dentro de él habitan muchos otros personajes y una tarea del actor es descubrir esas máscaras que se esconden detrás de él. Cómo dejar sonar esa polifonía de voces, cómo entrar en ese concierto del personaje donde las contradicciones son las que lo mueven y le dan vida.
Los dictados son reveladores del caos de su mundo interno, donde el desorden se convierte en su orden y su manera particular de pensar el mundo. Allí aparece el mundo real que está viviendo guerras, atentados, asesinatos, violaciones, masacres, tortura, racismo, injusticia. Lo interesante es que el personaje habita mundos opuestos. De ese mundo accidentado y catastrófico, pasa a un estado donde anuncia un mundo feliz, se vuelve un visionario de un mundo mejor, del triunfo de la justicia, viendo a sus alumnos como los transformadores. La complejidad del personaje es lo que tenemos que encontrar y ese mundo interno del personaje está hecho de acciones físicas, emociones y palabras que nos revelan su alma.
En el montaje trabajamos la construcción del personaje no solo a través de conceptos o ideas, sino sobre todo de motivaciones, estímulos e imágenes para realizar las acciones, cargando de la energía esencial el conflicto de cada situación. Y cuando llega el momento de seleccionar las acciones encontramos el problema crucial de la actuación: meterse de lleno en la acción respetando la partitura pero sin que esta se vea y sí el fuego de la acción.
Al final de la obra oigo la voz del Dictador: “Lo mismo que hay que decir cada hora que pasa y cada día que pasa. Es esencial, en este mundo plagado de universo, de estrellas, de eternidad. Dentro de cien años habrá que decir lo mismo. Hubo muchos muertos en aquel entonces”. Es una conexión con nuestro mundo, con nuestros conflictos, con la sociedad de violencia que tenemos debajo de nosotros, que convive con nosotros pero no queremos ver. A través de este personaje empiezo a vislumbrar la desgracia de un ser humano tan parecido a nosotros, del país violento que padecemos calladamente, pero que nos negamos a reconocer.