La República del Teatro |
Comentarios críticos sobre El dictador de Copenhague de Martha Márquez |
Existe el prejuicio de que la escritura femenina debe restringirse a la elaboración de unos mundos específicos, de unos ciertos temas y tipos de personajes, que constantemente resalten la lucha y rebeldía de la mujer en contra de las leyes de los hombres. También se supone que la emotividad, delicadeza y el amor como ideal son recursos infalibles de estas dramaturgias.
Afortunadamente este panorama está cambiando y ya no se debe pensar que lo femenino va de la mano de lo feminista o lo ultra sensible. La dramaturga Martha Márquez desafía esta idea y se arriesga al proponer una obra inhóspita, impulsiva y en ocasiones violenta donde se ponen en juego la justicia y el perdón. ElDictadordeCopenhague es una pieza que desde su estructura se acerca a otros lenguajes, convenciones y sensibilidades alejándose de cualquier arquetipo.
La configuración del texto: atemporal, narrativo y con acotaciones omniscientes responde a una interpretación moderna de la vida y de sus tiempos. No es un desafío a lo clásico por mera rebeldía. La comunicación que tenemos con cercanos y extraños están sometidas a otra velocidades, códigos y medios. Es inevitable que la creación dramática no corresponda a la cotidianidad dinámica en la que vivimos. Más aún, si se instaura esta “babel informativa” en un personaje atormentado el resultado es esta fragmentación del hombre contemporáneo de la que tanto hablan Vattimo, Adorno y otros filósofos de la postmodernidad, y que a veces tanto cuesta entender.
Como algo contradictorio pero eficaz, la obra ocurre en un zona rural, estática, monótona. La vida del protagonista es rutinaria aún después de la pérdida de su hijo, sin embargo su mente ha quedado perturbada y toda las inquietudes e incertidumbres por la existencia misma obligan al personaje a cuestionarse convirtiéndose en alguien volátil y frágil. Esto no impide la profundización en las relaciones o en la psicología de los personajes, al contrario, se ofrece al lector o al espectador una simiente que crecerá en la medida en que cada uno de ellos reflexione sobre lo que propone la autora.
La sensibilidad de esta dramaturgia no radica en la delicadeza sino en la rabia y la frustración que despiertan otras conexiones; por eso es valioso que sea una mano femenina la que logra entrar en este mundo de hombres golpeados y solitarios asumiéndolo con finura, perspicacia y sin prejuicios. La historia se cuenta con claridad, a pesar de los saltos temporales que no comprometen su desarrollo lógico. La pieza guarda en sí misma una potencialidad escénica irresistible.
La siguiente instancia, la de la puesta en escena encierra sus propias dificultades. Este texto que rebosa de fortaleza y es armado con inteligencia, demanda un trabajo escénico que responda a sus necesidades particulares. El proyecto ha sido premiado en tres ocasiones (un reconocimiento por su dramaturgia y dos becas de creación para realizar el montaje), lo que demuestra que la propuesta de la autora es coherente y madura y que tiene fundamentos que la destacan entre sus contemporáneas. Claro, hay un riesgo cuando la autora dirige la puesta en escena, esta delgada linea divisoria entre ambos roles por momentos puede ser difusa obteniendo resultados insustanciales.
Para encontrar esa voz propia en el espacio teatral el primer paso es negar, en cierto sentido, la propia creación literaria y así encontrar la libertad necesaria para la creación escénica. En el montaje del Dictador,hay una búsqueda por salir de la opresión del texto. Cada actor indaga para darle peso, biografía y exactitud a su personaje aunque las escenas sean cortas y no ofrezcan mayor información. Es una dramaturgia que exige una análisis profundo sobre el comportamiento humano pues la economía de las situaciones no da mucho espacio para que los actores construyan una red amplia que sostenga su propuesta. Así que su tarea actoral es complicada y exigente.
Se trabaja con la oposición, en vez de aplacar las incertidumbres se crean muchas más. Dudas que llenan a estos personajes de debates internos constantes, tal cual los tenemos los seres humanos en la actualidad y es esta lectura, la de seres inquietos, atormentados, fragmentados, la que la directora busca evidenciar en una propuesta que sigue creciendo y alimentándose con el paso de los ensayos.
Estos mecanismos de investigación son la prueba de que el proyecto está en constante evolución. Llegarán más métodos y propuestas de estudio, quizás más interesantes y que continúen desentrañando este tipo de historias contemporáneas. La instancia de la escritura nace con sus propios tiempos y ritmos. El trabajo de puesta en escena tiene sus propias pulsaciones. El puente entre los dos cuando es la misma persona la que lo cruza obliga a cuestionar el punto de partida y a replantear ininterrumpidamente el punto de llegada. Sin embargo; no existe búsqueda y disputa más rica que ésta. El escenario obliga a realizar nuevas miradas en todo y aunque un buen texto es el mejor detonante, el aporte de los actores y de todos los implicados en el montaje significa llegar a descubrimientos que asombran hasta la mente que concibió todo.
Esto es de lo más valioso en un proyecto teatral de dramaturgia propia. Reafirmar que el texto no nació amarrado, inamovible, sino que al contrario, permite interpretaciones, revelaciones y alteraciones. El grupo de trabajo marcha como una unidad que trata de comprender un universo propio, la autora se integra en esa misión y la directora busca dentro de su saber cómo plasmar cada hallazgo.
ElDictador acierta en romper desde su escritura con preceptos revaluados, el montaje ha dado la oportunidad de recuperar la diversidad de experiencias y voces en un elenco bien armado, la estructura desafía el complacer de manera fácil al público y expone con honestidad la fragilidad del ser y su pensamiento.
Puede que con todos estos puntos a favor aún se caigan en errores que opaquen el montaje, la búsqueda de un lenguaje escenográfico es una tarea complicada y que requiere de precisión para este tipo de textos, no obstante la experiencia de comprobar la dramaturgia en la escena y de hacerla crecer con un grupo de trabajo enriquece en cantidades la calidad creativa tanto de la escritura como de la dirección. Así que solo se puede decir que la autora ha iniciado con el viento a su favor, un camino de propuestas enriquecedoras e interesantes para el teatro colombiano desde una mirada y una voz femenina. Espacio de creación que está saliendo de la sombra y se consolida cada vez más en el país.
No le ha ido bien al teatro en este XV Festival de Proartes: una parte de la programación era ya conocida y tenemos dudas acerca de si valía la pena volver a ver ese repertorio; de otra parte, claramente, hay la voluntad de hacer una apuesta por las dramaturgias contemporáneas, eso está bien, pero, las claves de esa dramaturgia, estudiada sistemáticamente en talleres de escritura, en un proceso de varios años, no acaban de convencer. La obra del catalán Sanchis Sinisterra, todo un símbolo de esta tendencia, resultó una dosis pesada de un teatro estático y aburrido, tal vez, intelectualmente impecable, pero, tediosa. Como algo más “desafiante” e “innovador”, según el acta del jurado que la premió, nos fue presentada la obra “El dictador de Copenhague”.
Tomemos solo este caso que resulta aleccionador. A mi modo de ver, cierto sector de la República del Teatro, ha caído en la trampa ideológica, pos-moderna o pos-dramática, nunca se sabe, de creer que lo esencial es romper con la estructura tradicional aristotélica, fragmentar el tiempo y el relato, exponer un rompecabezas para el espectador desprevenido, evitar relaciones explícitas de causa y efecto, renunciar a la psicología de los personajes, no intentar una exégesis de la realidad, crear, más bien, la sensación de una realidad inasible e inenarrable. No obstante esta carga de negaciones y rupturas programáticas, el teatro como el arte, no son un puro asunto formal, están al servicio de las ideas, sus referentes son la existencia humana y la vida social, son signos en un contexto cultural de significaciones que no podemos ignorar.
“El dictador de Copenhague” se organiza en torno a la figura siniestra del violador de niños y asesino en serie Garabito, cuya última noticia, aun más perturbadora, es que ya cumplió su condena, se trasformó en la cárcel en un beatífico pastor evangélico y se prepara, en olor de santidad, a regresar al seno de la familia colombiana. Al horror de los asesinatos y violaciones debemos sumar el horror de la liberación de un monstruo. Este es el trasfondo inevitable. La obra, no obstante, elabora su propia ficción, ordena su fábula de otra manera, no hace un retrato del psicópata, su centro es una víctima del aberrado: el profesor-dictador. Es un relato indirecto bastante extraño y confuso. El asesino ya está en la calle, hace una vida normal, hasta donde cabe, y el profesor-dictador evoca la desaparición de su hijo, en la soledad de su casa, al lado de su chimenea. Lo ve, imaginariamente, que agoniza, mientras por la pierna le corre un hilo aterrador de sangre y semen. No sabe nada, no se pregunta nada, siempre habla de otras cosas, es un hombre en el vacío, un profesor aislado del mundo real.
Parece que nos enfrentamos a una dramaturgia de las palabras y no de las situaciones y conflictos dramáticos. Su recurso esencial es la ironía, que busca la hilaridad del público, ante eventos cuya naturaleza son esencialmente trágicos. Desde el título el juego es, que las palabras significan otra cosa: el “dictador” es un humilde maestro ensimismado que “dicta” para que sus alumnos escriban, su autoritarismo es gramatical, remacha las comas y los puntos del dictado, con cierta perversidad obsesiva. “Copenhague” es el nombre de un municipio colombiano, así como muchos otros se llaman Génova o Filandia, nombres de otras tierras idealizadas o ironizadas. La obra funciona como una manipulación semántica del mensaje que oculta: el deseo de venganza del profesor o de la autora del texto, la justicia tribal de las Erinias griegas ante la imposibilidad del perdón. Al final el profesor mata a Garabito, pero, el tratamiento irónico de estos trágicos y terribles hechos de la crónica roja de la vida colombiana, resulta inadecuado, se produce una banalización del horror.
A diferencia del “Nuevo Teatro” de los 70, este teatro pos-moderno o pos-dramático de nuestro medio, evita todo compromiso ideológico, evita, tal vez, inútilmente, ser el vehículo legitimador de alguna ideología o visión de la realidad. Se entiende que la obra no intenta ser un análisis psicológico del profesor-dictador, menos del asesino que es casi una sombra, ni una reflexión metafísica sobre el mal que habita en la entraña de la sociedad colombiana, ni tampoco un análisis sociológico, pero, no se entiende qué quiere ser. Como gesto irónico, definitivo, de esta dramaturgia, podemos pensar que el profesor-dictador, centro dramático de toda la fábula, dada su concepción de la educación, autoritaria y retórica, llena de informaciones inútiles, es la causa última de un engendro como Garavito. La escena erótica de la alumna provocadora, inocentemente perversa, desata en él una violencia que alude a las turbulencias de su vida interior. Así como, también, la relación dura y a golpes con su hijo.
No hay espacio para tratar de la puesta en escena de forma más específica, pero, en Cali los temas y problemas de la dirección teatral se dan por resueltos. Se ha repetido, en un interminable diálogo de sordos, que la dramaturgia del texto es una cosa y la dramaturgia del espectáculo es otra. Excepcionalmente una misma persona sirve como actor, director y dramaturgo, son especialidades que se articulan y necesitan, pero, sus procesos y sus prácticas son autónomos. Al leer el texto de “El dictador de Copenhague” uno presiente otras convenciones, otras relaciones y otras intencionalidades. Esta obra ha de ser muy difícil para los actores conscientes de su oficio, no hay personajes en sentido canónico, salvo el profesor-dictador, todos los demás son episódicos, e incluso la acción de éste es en buena parte narrativa, suelta largas parrafadas y todo tiende a la monotonía. La negación de la dramaticidad, en el teatro pos-dramático, puede ser un manifiesto mal comprendido, no lo sabemos, pero, creemos que no importa mucho si el teatro tiene su origen, hoy día, en un texto clásico o moderno o contemporáneo, lo que al público le interesa es pasar dos horas entretenido en otra cosa, ponerse en contacto con un objeto artístico que provoca su admiración; mejor si está inscrito en una dimensión ética y estética que transforma su percepción del mundo.
Por Enrique Lozano
“La República del Teatro” es una colección de puntos de vista en torno a un mismo hecho escénico, El dictador de Copenhague. Como en toda colección –ya sea de insectos, monedas o estampillas– los diferentes ejemplares están expuestos el uno al lado del otro sin prevalencia de ninguno. El orden de los artículos es alfabético de acuerdo a los apellidos de los autores. Las diferentes visiones sobre la obra de Martha Márquez están expresadas de manera personal de acuerdo a la voluntad de los diferentes colaboradores. En mi papel de recopilador las únicas exigencias fueron de tema y extensión (alrededor de mil palabras).
Esta publicación no pretende ser un ejercicio de crítica homogénea sino un compendio de materiales diversos –opiniones, apuntes, comentarios– que dé cuenta no sólo de la pluralidad de ideas sobre la obra sino también de las distintas maneras de expresarlas. El objetivo final de este pequeño dossier es poner en conjunto diferentes visiones sobre este importante estreno del teatro caleño para contribuir a generar una lectura más amplia de parte del público.
Los colaboradores fueron escogidos por mí de acuerdo a mi propia experiencia en la escena local. La convocatoria inicial era más amplia, pero por diferentes inconvenientes el grupo se redujo. El conjunto está compuesto por personas con amplia trayectoria dentro de las diferentes áreas del teatro: la docencia, la actuación, la dirección y la dramaturgia. Son ellos: Orlando Cajamarca, Natasha Díaz, Mauricio Domenici, Martha Márquez, Ariel Martínez, Guillermo Piedrahíta y Fernando Vidal.
Por Martha Márquez
¿Actriz, directora o dramaturga? Quién le gana a quién o quién es más que quién o qué es lo que me queda mejor hecho. No me desvela. Más que del teatro, me siento una mujer de las ideas. Las que he querido poner al servicio de ese monstruo negro, acajonado que acojona. Si yo pudiera vivir de actuar, solo quisiera hacer eso y ser eso como lo único.
Escribo desde universos inacabados, un ojo que solo ve algunas cosas, partes de cuerpos, de vidas, partes de historias, de lugares, no totalidades. Por eso cuando los actores preguntan creen que yo tengo la respuesta, o las respuestas, y en realidad no. Así que al iniciar un proceso de montaje como en este caso, yo tengo también muchas preguntas que sé que la autora no resolverá, ni tampoco quiero casarme con las especulaciones de la autora, pues ya ella nos entregó su versión de los hechos, entonces voy a especular mejor con los actores y su espíritu tabernero y a creernos lo que más nos guste y si necesitamos cambiar alguna escena o eliminarla, lo haremos.
Esta experiencia me ha hecho vibrar y crecer. La mitad del elenco son compañeros de mi generación, que pueden no creerme del todo, no respetarme del todo, somos iguales, digamos que tenemos casi lo mismo en la cabecita. La otra mitad son mis maestros, me hayan dado clase o no (por maestros me refiero a que llevan una vida entera en algo en lo que yo apenas empiezo a jugar), y pueden no creerme del todo, no respetarme del todo, porque soy novata. Cuando hablo del ‘pueden no creerme’ no estoy diciendo que eso haya ocurrido, sino que en el fondo tienen la licencia de que así sea, y que en silencio, sin que me lo digan, se lo debatan, pero todos hemos jugado a creer pues primeramente yo he creído en ellos. Y se arma un elenco brillante donde jugamos con actores entre los 20 y los 70 años y yo soy la más privilegiada pues es mi equipo, yo lo elegí, y soy responsable, soy su madre. Sé que tengo un actor que no puedo sacar de escena, el Dictador, porque está en todas y si lo saco y lo entro cada vez, no solo el público dormirá, yo también. Sé que el texto me gana. Las acotaciones son literarias, difícilmente lograré el efecto sugestivo en la puesta. Exijo, pido y suplico a los actores las cosas que yo me exigiría, pediría y suplicaría como actriz: una exuberante y copiosa bitácora, un bombardeo de preguntas, imágenes, referentes, debates, quejas, propuestas infinitas, fantasía. Pero yo soy ansiosa, impulsiva. Y todos tienen que trabajar en otras cosas, vivir en otras cosas, tienen que irse rápido del ensayo, afuera hay otra vida, los tres pesos que aquí reciben son simbología, váyanse, hagan lo que tengan que hacer, igual yo también tengo un bebé y a veces llego tarde o no puedo seguir de largo como quisiera, entonces mientras, yo repaso, duermo, me embriago con solucionar el montaje todo el tiempo, alguien debe hacerlo.
Me gasto el dinero de la beca construyendo cosas que al verlas y usarlas son inútiles, estúpidas y majestuosas. ¿Por qué nadie me lo dijo? ¿Por qué me gasté tanto dinero en una persona, en una cosa, o en varias cosas que para nada aportaron? Porque el teatro es así. Ahí por desgracia habrá que tener mucha experiencia para saber sin haber construido algo, si sirve o no sirve. Para saber si una persona te dará lo que necesitas y a veces ni las recomendaciones son suficientes. Tengo el garaje lleno de propuestas construidas que ahora ya no están en el escenario, cada objeto que se vino a mi mente y mandé a hacer y arrastré al elenco hacia esas ideas y ahora los arrastro de vuelta y les digo: “esas no eran”, y ellos dicen: “bueno”. Tengo una actriz que es un animal en el escenario, pero que nos ha vuelto animales con su incumplimiento y su desidia, ¿cómo la despido? Yo no quiero despedir a nadie, no quiero estar en esa posición, no quiero ser yo la lección encarnada para esa niña, pero no me queda más remedio.
Llamo a Coco, un gran actor y le digo: “ven a mi montaje, tengo plata de otra beca y quiero invertirla en mis actores, hagamos un taller para ellos, compartamos este oficio, seguro les gustarás mucho, soy mujer, a lo mejor los mamo a ratos en esta atmósfera machista, o los mamo no más con mi voz dulce y tontas sonrisas y necesitan ver un varón y actor bien puesto que también les hable y les haga creer”. Y Coco viene y nos acompaña y pasamos tres días durmiendo y comiendo juntos, todos trabajando doce horas diarias en el taller, en una finca lejos de algún bar, solo para respirar Dictador. No tenemos espacio de ensayo las siguientes semanas, desocupo mi sala, aquí lo hacemos, aquí empecemos, pero empecemos ya, lo importante es hacer.
En el montaje de este texto que escribí hace algunos años sin imaginar su potencia, he tratado de solucionar a través de lo actoral y evocar los espacios en los que transitan los personajes de manera práctica. No tan práctica como para llegar a pensar que solo con iluminación recrearé los espacios, y sin el extremo de usar el cubo que se vuelve mesa, asiento, cama y lo que quiera. Es ese punto intermedio donde está la luz, pero también está el objeto cubo que te ayuda a resolver múltiples espacios y significados, allí puse las soluciones para el Dictador. Yo le apuesto a los actores, pero no tengo líos con quienes apuestan otras cosas con el teatro. Me gusta lo que fue, ha sido y seguirá siendo el proceso, no solo pulo el montaje, sino que me pulo a mí misma. Y agradezco a Quique esta iniciativa y estos preciosísimos dibujos que acompañan el tiempo de quienes escribieron y de quienes leerán “La República del Teatro”.
Hablaré un poco sobre la propuesta dramatúrgica, para luego comentar la puesta en escena que también tocará el tema de las actuaciones de esta obra escrita y dirigida por Martha Márquez.
Definitivamente debo decir que Martha Márquez se las trae con su propuesta dramatúrgica. Lo ha venido demostrando en su labor como dramaturga y directora de Teatroas, grupo que fundó con algunos de sus colegas Licenciados en Arte Dramático de la Universidad del Valle. De Martha siempre hemos de esperar gratas sorpresas cuando se trata de leerle una obra de teatro y El dictador, por supuesto, no ha sido la excepción. Bástenos recordar obras como “Tres moriremos mañana” autodenominada comedia pesimista, “Comedia para un hombre y una mujer” en la que nos encontramos con una pareja envuelta en procesos judiciales, homicidios y suicidios que se presentan luego de su divorcio, “El lisiado feliz” un historia que podríamos catalogar (y que me excusen los teóricos por darme ínfulas de ‘catalogador’ teatral) como un drama cómico trágico de adolescentes que reflexiona sobre la convivencia y la tolerancia, “Blanco totalmente blanco” drama con el cual Martha gana el segundo lugar del Premio Jorge Isaacs 2007 (cuando este premio incluía dramaturgia) y, como para no extenderme más en este asunto quiero mencionar su obra “Mr. Splut” propuesta dramatúrgica dirigida a un público adolescente que fue seleccionada como una de las mejores cinco propuestas a nivel iberoamericano en la convocatoria teatral Patios del Recreo en Argentina.
Entonces, de vuelta al Dictador, tendremos que decir que es un trabajo de escritura que plantea rupturas estructurales en su dramaturgia; rupturas desde el punto de vista de cómo se cuenta la historia, pero que a su vez plantean una guía de lectura o ruta de viaje. Es decir, no se abandona al lector a lo que él quiera deducir o interpretar en su intento de armar la historia; y creo que ese es su logro más importante, que al final es posible, como lectores, estar de acuerdo en una misma historia. Sí, es una propuesta que, dados ciertos cánones o convenciones actuales, podríamos llamar contemporánea (como para no meternos con la berenjenal discusión de si es posdramática o no lo es) si con ello queremos decir que en esta obra se rompe la estructura clásica de comienzo, nudo y desenlace, pero que al final es posible armar el rompecabezas.
Pues resulta que es este el tipo de teatro que escribe Martha, al que nos tiene acostumbrados y con el cual siempre nos sorprende y deleita, bueno, por lo menos a mí.
Con El dictador asistimos a esta clase de obras que se sustentan en lo local, pero que por su tratamiento resulta universal. En qué país no hay violadores, serán muy pocos en los que no. Serán muy pocas personas las que no recuerden con agrado algún o algunos maestros de esos que en la formación adolescente influyeron para que su vida se llenara de metas y sueños. Serán otras muy pocas que en aquella edad de desórdenes hormonales no tuvo un platónico amor con uno de sus maestros o maestras. A quién, en algún momento no se le ha pasado por la cabeza tomar justicia por sus propias manos. Pues bien, a esto es a lo que me refiero con la universalidad del texto.
Con respecto a la puesta en escena y sustentándome en que mi primer argumento o impresión es el gusto, séame permitido expresar en un tono fuerte y concreto que me gustó. Me divertí y me conmoví y si una obra me divierte y me conmueve me gusta.
Ahora bien, sabiendo que para intentar un comentario serio no solamente debo sustentarme en el gusto no más, probaré exponer mi punto de vista sobre la puesta en escena de esta obra.
En cuanto a lo escenográfico me resulta interesante la propuesta de hacer converger en el escenario varios espacios (aula de clase, casa del dictador, portillo de la casa del dictador, calles de Copenhague, casa del asesino). Creo que se logra sostener la convención de poder superponer los distintos espacios cuando se nos ha construido uno de ellos; me explico, por ejemplo cuando se instala el profesor para hacer sus dictados y la alumna se sienta en el pupitre sabemos que la acción dramática está ocurriendo en un salón de clases. Otro ejemplo es cuando el dictador se encuentra con el mendigo en la calle, aunque seguimos viendo el gran tablero nos quedamos instalados en la calle del pueblo. Y ya para concluir este aspecto debo insistir en que me agrada la manera de solucionar cada uno de los espacios escénicos ya que generan unas atmósferas bastante interesantes.
En cuanto a las actuaciones de la obra debo decir que me resultaron bastante gratas y afortunadas. De ellas, por supuesto, debo resaltar la de Guillermo Piedrahita quien interpreta nada menos que al Dictador y vaya personaje; definitivamente es magistral. Sobresale, también, el personaje de la adolescente que se enamora de su profesor. La actuación de Gabriel Uribe quien interpreta al asesino reformado es sobria pero contundente. Aunque la escena del asesinato del exconvicto no me pareció del todo convincente, sí llega a conmover pero creo que la tensión dramática no desarrolla la gran resolución del dictador, tomar la justicia por mano propia: juzgar y castigar. No obstante y en términos generales, creo que en este aspecto la directora se ganó otro hit al congregar este elenco que combina juventud, experiencia y, ante todo, mucho talento.
Ahora, me parece justo insistir en que esta propuesta es bastante arriesgada y que de alguna manera exige, sobre la marcha, ser vista de manera inusual. Es una teatralidad que definitivamente no pide ser vista a través de una mirada infranqueable. Es un tipo de puesta en escena que desde su dramaturgia pide que el lector-espectador vaya descubriendo su estructura; que si no dejamos que nuestra lectura se rompa o se desestructure con la obra, no podríamos en primera instancia disfrutarla, para luego armarla, reestructurarla o reconstruirla. Es una obra que pide seguir siendo vista hasta después de que se acaba y es precisamente eso lo que me parece un acierto: crear en el espectador la sensación de haber estado, todo el tiempo, interactuando con la puesta en escena, haciendo parte de ella en su imaginario.
Lo que nos lleva de vuelta a insistir en que Martha Márquez se las trae con su propuesta dramatúrgica y permítanme concluir diciendo que, definitivamente, Martha Márquez, el elenco de “El dictador de Copenhague” y su equipo de producción, merecen, de mi parte, un inmenso ¡Felicitaciones!
El comienzo de la obra ubica al Dictador en una situación límite: está solo y cree oír un toc toc en la puerta. No sabe si es verdad o no: “Me pareció escuchar un toc toc en la puerta”. La pérdida de contacto con el mundo real nos presenta su drama en toda su intensidad de dolor y desgarro, que descubrimos a través de sus pensamientos, de la confusión y angustia ocasionada por la muerte de su hijo. Lo ve entrar radiante como la luz del día y al mismo tiempo descubre en su pierna una mezcla de semen y sangre.
Este inicio abre la situación del personaje a su dolor sordo, que ha empezado desde la violación y asesinato de su hijo y nos lleva a las penumbras y laberintos de sus pensamientos.
Las situaciones saltan de manera vertiginosa, sin sucesión cronológica, el personaje pasa de una situación a otra sin solución de continuidad y como en los sueños se superponen las imágenes.
Durante el montaje empecé a meterme en los conflictos del personaje, y a viajar a través de su drama. El Dictador tiene momentos cruciales: Entra en zozobra después del encuentro con el mendigo que le señala al asesino de su hijo que vive en libertad en su mismo pueblo. Con su hijo vive relaciones ambivalentes: la imposibilidad de abrazarlo cuando este se va de la casa, golpearlo cuando llega tarde porque piensa que su educación debe ser fuerte y los castigos duros. En la celebración del cumpleaños, no puede decirle que lo quiere, pero inmediatamente está en su escuela dando un dictado desbordado de palabras con toda su pasión y cariño por sus estudiantes. Con su alumna amada, quien con su provocación inocentemente perversa lo lleva a estados insospechados de deseos, pasiones reprimidas y rabias, situándolo al borde del comportamiento del asesino de su hijo. Con el reencuentro con el ex alumno que vive en el verdadero Copenhague, muestra todo lo que el profesor ha perdido a consecuencia de su tragedia. Al final, después de esconder su odio y rabia, decide buscar al asesino y al confrontarlo cae vertiginosamente en la búsqueda de justicia por su propia mano.
Una orientación de la dirección fue que nuestro trabajo de actuación encontrara el alma del personaje; esto me llevó a la búsqueda interna del mismo, a indagar cómo su manera de pensar determina sus actos. Cómo hacer que sus pensamientos sean verdaderos en escena y no exteriores. Cuáles son sus motivaciones internas, qué lo mueve, qué lo incita en la ejecución de las acciones. Qué esconde detrás de su máscara. Estas fueron tareas fundamentales durante todo el proceso del montaje.
Aparecen los secretos, los misterios que no se conocen del personaje, y entre más enigmas, más intenso es el trabajo del actor. Esas preguntas y descubrimientos nunca acaban. Uno da respuestas con las acciones, pero otro actor podrá inventará otras.
En este personaje los diálogos que mantiene con él mismo son muy reveladores. Como él dice: “Aparecen los pensamientos como dictados. Los dictados que tenemos todos. El lastre de nuestra habladora soledad. El ser hablante que no para de hablar por dentro y que nadie puede escuchar afuera”. Cuando habla solo, sus pensamientos mueven su alma adolorida y crean una detención del tiempo y extraña distorsión de las acciones.
Dentro de él habitan muchos otros personajes y una tarea del actor es descubrir esas máscaras que se esconden detrás de él. Cómo dejar sonar esa polifonía de voces, cómo entrar en ese concierto del personaje donde las contradicciones son las que lo mueven y le dan vida.
Los dictados son reveladores del caos de su mundo interno, donde el desorden se convierte en su orden y su manera particular de pensar el mundo. Allí aparece el mundo real que está viviendo guerras, atentados, asesinatos, violaciones, masacres, tortura, racismo, injusticia. Lo interesante es que el personaje habita mundos opuestos. De ese mundo accidentado y catastrófico, pasa a un estado donde anuncia un mundo feliz, se vuelve un visionario de un mundo mejor, del triunfo de la justicia, viendo a sus alumnos como los transformadores. La complejidad del personaje es lo que tenemos que encontrar y ese mundo interno del personaje está hecho de acciones físicas, emociones y palabras que nos revelan su alma.
En el montaje trabajamos la construcción del personaje no solo a través de conceptos o ideas, sino sobre todo de motivaciones, estímulos e imágenes para realizar las acciones, cargando de la energía esencial el conflicto de cada situación. Y cuando llega el momento de seleccionar las acciones encontramos el problema crucial de la actuación: meterse de lleno en la acción respetando la partitura pero sin que esta se vea y sí el fuego de la acción.
Al final de la obra oigo la voz del Dictador: “Lo mismo que hay que decir cada hora que pasa y cada día que pasa. Es esencial, en este mundo plagado de universo, de estrellas, de eternidad. Dentro de cien años habrá que decir lo mismo. Hubo muchos muertos en aquel entonces”. Es una conexión con nuestro mundo, con nuestros conflictos, con la sociedad de violencia que tenemos debajo de nosotros, que convive con nosotros pero no queremos ver. A través de este personaje empiezo a vislumbrar la desgracia de un ser humano tan parecido a nosotros, del país violento que padecemos calladamente, pero que nos negamos a reconocer.
El siguiente comentario corresponde a la función de estreno realizada el domingo 6 de noviembre a las cinco de la tarde en el Teatro Municipal de la Beca de Coproducción para Montaje Teatral del Festival Internacional de Arte de Cali 2011. Recordemos que la autora/directora del Dictador de Copenhague había ganado el Premio Nacional de Dramaturgia Festival de Teatro de Cali 2010 con el texto de esta misma obra, que gira en torno al tema Garavito, pero no sobre la anécdota de este despiadado asesino en serie, sino sobre la tensión que genera el abuso de autoridad ejercido como perversión mental contra la frágil expresión de los afectos cargada de peligros, que la escritora explica como un exorcismo por el dolor que se siente ante la magnitud de estos hechos. El Dictador se enfrenta a un dilema, aprovecha la oportunidad para ejercer la justicia por su propia mano o admite la impunidad, se traga su dolor y huye a Copenhague en Dinamarca, país al que ha sido invitado por un exalumno que lo admira.
Dado que me refiero a la función de estreno, es necesario resaltar que el Festival no le dio el carácter de importancia a su propia Beca de Creación, no hubo un representante oficial de la organización que presentara y destacara este evento en particular, fue una función más y no el estreno de una Beca de treinta millones de pesos, que algún sentido habrá tenido para ser convocada, quizás auspiciar un espacio para estimular el ejercicio profesional y el riesgo artístico con una propuesta que dinamice la producción escénica en la región. Fue una función cualquiera en cuanto a este aspecto formal, otra más de un evento que a fuerza de rutina y repetición está perdiendo el vigor de otras ediciones, es un discurrir cansado que no convoca a la participación ciudadana ni se inscribe como el máximo suceso bienal de las artes en Cali, lugar que le corresponde por su trayectoria y la repercusión histórica que otrora ha tenido. Lo anterior se vio reflejado en la discreta asistencia de público.
Al abrirse el telón de boca, un gran tablero en el centro del escenario domina la escena, así como el maestro de escuela rural, al que la autora se empeña en llamar Dictador, domina la acción a través de sus dictados ortográficos, que son a la vez un ejercicio pedagógico y un juego de imposiciones, dictados sordos dichos sin respiro por ese maestro de un lejano pueblo en la geografía colombiana, que como tantos y tantos municipios añora a alguna ciudad europea, en este caso a Copenhague. El maestro enseña como aprendió, su lema educativo le sirve tanto para dar o mejor, dictar sus clases, como para educar a su hijo: en una acotación del texto se resalta que “Allí en la mejilla durazno del hijo, allí cae el puño del dictador” mientras el personaje le habla al público: “Hago una argolla de acero como la mía para él. Él algún día crecerá y tendrá alguien a quien pegarle”.
La autora/directora, ganadora de esta beca de creación con una propuesta de montaje de su obra el Dictador de Copenhague, sale al frente del escenario, al proscenio iluminado por un seguidor que la enfoca algo nerviosa, con su pequeño hijo en los brazos, como evidencia de un trabajo artístico que es a su vez un testimonio biográfico y el resultado de unos reconocimientos que ella misma deberá presentar para contextualizar a un público disímil, algunos despistados y otros expectantes de este acontecimiento casi secreto.
Sabemos de su boca que la obra alude al fantasma colectivo de ese violador en serie de niños regados a lo ancho y largo de la geografía nacional que tanto impacto e indignación ha generado en el sentir colectivo, así como el rechazo a la absurda decisión de dejarlo en libertad sin estar seguros de su comportamiento, respaldado en la evidencia de su conversión religiosa. Tal vez es una diatriba sobre la injusticia y sus efectos en el dislocado comportamiento colectivo, que nos vuelve a todos parte integral de los hechos que se desarrollan a saltos, fragmentados, oscilando entre la primera y la tercera persona, entre el actor/personaje que comenta y el personaje que salta al efecto ilusorio de una convencional cuarta pared, entre el extrañamiento y la catarsis.
El dictador no es ni bueno ni malo, es un victimario/víctima que reproduce unas crueles circunstancias vividas que se riegan como verdolaga, ni el mendigo es tan inocente a pesar de su miseria total, pues incita al dictador a la venganza como señal de agradecimiento por darle comida y escucharlo, le señala al violador asesino de su hijo, detonando la escena final en la que él sacia su rabia contenida, se enarbola el derecho de ser justiciero. Creo que aún no está lograda la intervención de Garavito (en la obra el personaje se llama Asesino), al reducirse a la aparición final, un recurso sorpresivo, que quizás requiriera una referencia anterior lo suficientemente contundente para darle mayor efecto narrativo a la puesta en escena. Aunque el actor que hace de Asesino aparece en distintos momentos, rayando el tablero, en una procesión de la semana santa, en las actividades represivas del ejército, nada evidencia que se trata del personaje que sale en la última escena cercado por el profesor dictador que viene a vengar el cruento asesinato de su único hijo, pues además, a lo largo de la representación debe esforzarse por aparecer casi invisible, por borrarse en el escenario.
En esta ocasión, el montaje es el punto de vista de la autora/directora que se presenta ella misma en el estreno, para presentar su obra, y nos remite también a un ejercicio de escritura en proceso, la dramaturgia del espectáculo, que está abierta a continuas modificaciones, antes un ensayo muy acabado que un resultado perfecto, clausurado. Es interesante este contraste de puntos de vista entre autora y directora, asumidos con audacia por la misma persona, Martha Márquez, que considero más desenvuelta en la versatilidad del texto escrito, pero que explora sus posibilidades de resolución escénica, ayudada por un elenco novedoso y participativo en este proceso de creación contemporáneo, liderado por los experimentados actores Guillermo Piedrahita (el dictador), Lisímaco Núñez (el mendigo) y Gabriel Uribe (Asesino), junto a jóvenes promesas de la escena local, conformados en una Unión Temporal en la cual se asocian los grupos Teatroas, El Taller y en Obra Negra. Es una experiencia destacada que abre la posibilidad de espacios de intercambio artístico, de gestión y producción para aportar a la dinamización teatral de la ciudad.