La República del Teatro |
Comentarios críticos sobre El dictador de Copenhague de Martha Márquez |
Como no tengo nada más que hacer en la vida, he decidido leerme las tres obras ganadoras de los Premios Nacionales de Dramaturgia “Festival de Teatro de Cali” (2006, 2008, 2010) que muy gentilmente me ha regalado una de sus artífices, la actriz y promotora cultural Luz Estela Gil. No, no voy a quejarme por no haberlas leído a tiempo. ¿A tiempo de qué? Los textos se publican para que provoquen su propia vida, para que existan por ahí. Ya sabemos que a los editores no les interesa publicar libros de poesía o libros de cine. Mucho menos de teatro. El teatro no se lee. Y tienen razón los editores. El teatro no se inventó para ser leído. El teatro se inventó para ser representado, para ser visto por un público en vivo y luego desaparecer. Sí. Existen algunos libros con diálogos y acotaciones. Pero la experiencia única e irrepetible de la representación se extingue, cuando los espectadores terminan de dar el último aplauso, se alejan de la sala, el celador apaga las luces y cierra la puerta para cohabitar con el fantasma de las tramoyas. Así es, así ha sido, así lo entendemos y lo aceptamos todos los que hemos nacido y vivido entre las bambalinas.
Con los tres premios de dramaturgia que he leído me llevé gratas sorpresas. En primer término, me encontré con una obra de Iván Montoya. Bueno, en realidad me sorprendió ver que Iván había sido el primer ganador del concurso, porque nunca pensé que su trabajo como escritor iba a tener el reconocimiento que desde hacía mucho tiempo merecía. Sí. Al ganador del premio del 2006, llamado con todas sus letras Iván Barlaham Montoya Correa, lo conozco desde muy niño, como actor del Teatro Experimental de Cali. Lo veía, a su vez, desnudo, en las clases de dibujo donde mi papá era profesor y donde Iván era estático modelo para los estudiantes de la anatomía humana. Pero, sobre todo, lo disfrutaba como nadie, pues Iván era el utilero, escenógrafo y maquillador de los espectáculos infantiles que montábamos con su colega, la inolvidable maestra Ana Ruth Velasco, en el glorioso departamento de teatro infantil de Bellas Artes, en el Cali de finales de la década del sesenta. Creo que nunca me reía tanto, como con los eternos chistes histriónicos de Iván. Y, por supuesto, me sentía orgulloso cuando lo veía sobre el escenario interpretando la galería de sus personajes inolvidables. Muchísimos años después, conseguí los tres tomos de su teatro (“Bíblico y goyesco”, “Colombia, crimen y delito” y “Derivaciones”) que Fernando Vidal le publicase en el ahora llamado Instituto Departamental de Bellas Artes. Justo reconocimiento a una leyenda de nuestra escena que ya atravesó sin afanes los ochenta años de edad. La obra ganadora de Iván se llama “Elogio a la locura. Reina en jaque” y es una esperpéntica reconstrucción del personaje mítico del delirio caleño: la primera dama de la esquizofrenia local, Miss Jovita Feijóo. ¿Sabrán los caleños actuales quién era Jovita Feijóo? No lo sé y no lo voy a contar ahora. Sólo quiero evocar aquí que para Iván es un triunfo de su persistencia pues, durante años, el actor representó a nuestra loca raizal en los desfiles de año viejo, como si se tratase de la reencarnación misma de su figura (ahora recuerdo a Jovita ovacionada en la plaza de toros, recuerdo acompañar a mi abuela a la misa por el alma de Jovita en la Catedral caleña, a Iván inventándose los premios “Iván” de actuación y se me cruzan los cables y de repente no podré seguir…)
Cerré las páginas del “Elogio a la locura”, lleno de evocaciones y pasé al segundo tomo. Mi hijo duerme. El perrito no ladra. Creo que puedo seguir adelante. El premio del 2008 se llama “Sólo como de un sueño de pronto nos levantamos” y es escrito por una de las más tercas creadoras del teatro de raíces rituales en Colombia. Se trata de la actriz y gestora Beatriz Camargo, a quien todos los mal llamados teatreros conocimos como parte esencial del Teatro La Candelaria de los años setenta. Beatriz armó tolda aparte, o mejor, armó maloca aparte y se fue para Villa de Leyva, donde creó su Teatro Itinerante del Sol y allí se ha inventado sus obras densas, profundas e irrepetibles. Beatriz, mucho más grotowskiana que Grotowski, quemó todas sus naves y se dedicó a convertir la vida en su propio universo para la escena. Este texto, escrito en profundas claves mexicanas, es la síntesis y el encuentro de muchos de sus golpes de creación, círculo que se cierra entre Quetzalcóatl y Cuauhtémoc, entre el tiempo y el espacio, entre la historia y el mito. Es indudable que Beatriz y su equipo de oficiantes han sabido construir, como nadie, los grandes temas indígenas desde una nueva perspectiva y tratando de aferrarse a una visión moderna de la tradición.
Respiro profundo. Voy al baño, me miro al espejo, me siento serio y responsable. Mi hijo no piensa despertarse. El perrito le ladra a la luna. Regreso a mi silla de lectura. Miro el título: “El dictador de Copenhague” firmado por Martha Isabel Márquez Quintero. Corchado. No la conozco. Bueno, sí. Sí la conozco. La he oído nombrar por ahí, cuando a uno le da por decir que el fin de la historia llegó hasta las puertas mismas del arte teatral colombiano. “Cómo se le ocurre, maestro”, le dicen al hombre de otrora. “Hay otros nombres en la dramaturgia nacional: Enrique Lozano, Felipe Vergara, Tania Cárdenas” y le dicen al escéptico una larga lista de nóveles artistas y todos los caminos terminan en Martha Márquez. Pero, ¿quién es Martha Márquez? Yo no lo sabía (aunque la había visto sin saberlo en el film “Todos tus muertos”), hasta el momento en el que abrí mi ejemplar de “El dictador de Copenhague” y ya no lo volví a cerrar sino cuando corrí a mi antiguo escritorio de madera y comencé a redactar, con mi pluma de ganso, las líneas que ahora leéis, oh, lector. A Iván Montoya, a Beatriz Camargo, los conozco desde mi otra vida, desde los tiempos en los que el teatro tenía forma y contenido. Los recuerdo, los evoco con verdadero cariño. Pero, ¿qué hacer con Martha Márquez? Abrí el libro, como quien no quiere la cosa, leí el prólogo, la presentación, los abrebocas. Luego el contenido. “Toc, toc, toc”. Allí comenzó el viaje. Y no he aterrizado todavía, porque cuando uno comienza a leer “El dictador de Copenhague” no termina cuando cierra el libro, sino mucho después, sacudiendo la cabeza con escalofríos, como cuando le echo agua a mi perrito para que no ladre tanto, para que deje de leer a Martha Márquez a altas horas de la madrugada.
Si lo que necesitábamos, mis amigos, era nuevas voces para el teatro colombiano, no dudo en decir que por aquí hay un camino, no sé cuál, pero qué voz tan potente la de esta señorita desconocida. De repente me estoy adelantando. He sabido que vive en Cali, que actualmente se encuentra en temporada en Cali Teatro y que pronto vendrá a Bogotá, a probarse en el Festival Iberoamericano del 2012. Has debido esperarte, Sandro. Has debido ver primero el montaje, porque esa obra, con un tinte poético de espátula y jabón de barra, se puede montar de un millón de maneras distintas y sería muy fácil caer en hondas decepciones, un texto escrito con plumas de ángel de la guarda convertido en triste remedo de sí mismo, traducido a tientas por su creadora urgente. No. No me importa. Corro el riesgo. No creo que Marco Antonio de la Parra, Aristides Vargas y Juan Manuel Roca, los jurados del premio en el 2010, hayan estado equivocados. Les hago coro y los apoyo. “El dictador de Copenhague” es un texto superior, contundente, himno nacional de las ambigüedades y de las evocaciones, único, irrepetible, terco, borracho, pesadamente urgente. He corrido a buscar otras obras de su autora, pensando que se trataba de un golpe de suerte de una colega que me producía envidia. Entonces he leído “Blanco, totalmente blanco” (Premio Jorge Isaacs de Autores Vallecaucanos en el 2007) y luego la eyaculatio precox de pocas páginas titulada “A mi medida” (Premio X Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero 2008 en España). Todas firmes, hermosas, fratricidas. “Caramba”, me digo. “La tal Martha Márquez nació para ganarse premios. Deberían prohibirle para siempre que vuelva a concursar”. Pero no. No podemos. Martha Márquez debe seguir concursando y debe continuar ganándose todos los premios como para que estemos todos seguros de no estar equivocados.
Los que sí me temo están un tanto deschavetados son los críticos de Martha Márquez. Me he puesto a escarbar por curiosidad, ya que me sobra el tiempo, los textos que se han escrito a propósito de la temporada de “El dictador de Copenhague”. La primera sorpresa me la dio el mismísimo Festival Iberoamericano de Teatro. En la lista de obras “audaces” que vienen al evento, la encabeza la obra de la señorita Márquez y la resumen como una historia “basada en el caso del violador y asesino Garavito”. Allí sí comencé a dudar de mí mismo. “What?”, me dije. “¡Esa no fue la obra que yo leí!”. Toda la tremenda catarata poética que había cacheteado mis mejillas y mis testículos me la trataban de explicar con un burdo referente directo que no le hace sino cosquillas al “Dictador de Copenhague”. Pensé que yo estaba en la acera de enfrente. Yo no había visto a ningún Garavito por ningún lado. Entonces seguí buscando y me encontré una decena de comentarios al estreno de la obra donde cuestionaban, palabras más, palabras menos, “las abstracciones” del texto. Otros, más académicos, trataban de “resumir” la “fábula”, para sentirse en puerto seguro. Más triste me puse. Lo que menos me interesaba de “El dictador de Copenhague” era si me estaba contando una historia. Es como si me diera, a estas alturas del partido, por valorar la fábula de “La cantante calva” o me diese por resumir un disco de Miles Davis. ¿Por qué el arte tiene que contar historias? ¿Por qué tenemos que asegurarnos de una anécdota para aprobar la tarea de la señorita Martha Márquez o la de cualquier otro inventor de mentiras?
Yo podría decir que “El dictador de Copenhague” se divide en 21 cuadros, que sus personajes son seis y que Copenhague no es la capital de la Dinamarca que conocí cuando me dio por conquistar los territorios de Hamlet. ¿Qué carajo nos importa? Lo interesante, lo bello, lo sorpresivo, lo inquietante de esta obra es que puede estar compuesta por 21 cuadros pero allí hay muchos más cuadros, un río de acertijos que no develaremos nunca pero que nos zambullen en el territorio de nuevos sueños, tan necesarios para mantenernos vivos, como las nuevas bebidas o las nuevas drogas. Qué festival de recursos el que nos propone en su texto la señorita Márquez. Y qué triste que se la cuestione porque su obra no construye claros contenidos. Lo que para el crítico es un latigazo, para la autora es, debería ser, suave caricia. Sus dentelladas han dado en el blanco, totalmente blanco. ¿Exagero? No sé, seguramente. De pronto, cuando vea la puesta en escena, repito, puede que me lleve una gran decepción. Demasiado tarde. El texto de la señorita Márquez ya logró conmoverme. Y si su montaje me decepciona, le escribiré un soneto donde le pido, con la mayor humildad, que siga probando, porque tiene unos cimientos como dos toros arrechos en la mitad de una plaza vacía.
Pero, señor Romero, nos podría decir, al menos, ¿de qué se trata la obra que comenta? No. No se los voy a decir, mis queridos radioescuchas. No se los voy a decir, porque yo no tengo ni idea de qué se trata “El dictador de Copenhague” y creo que ni me importa. Lo que sí les puedo decir es que sacude. Como me sacude un poema de Lezama Lima o una película de Tarkovski. No sabemos muy bien de qué van, pero van. ¡Y sí que llegan! La señorita Márquez no es Lezama Lima ni Tarkovski, pero sí tiene las agallas para escribir obras que le van a producir escozor a quienes esperan que, por favor, Aristóteles no se vaya a salir de la sala, porque ¿qué haremos, nosotros, huerfanillos, sin nuestro planteamiento, sin el buen nudo, sin el sano desenlace? Esta semana quise escaparme a Cali a ver “El dictador de Copenhague”. Tomar un avión en la mañana, almorzar en las ruinas del Restaurante Los Turcos, pasear al ritmo de la brisa del barrio San Antonio y esconderme en Cali Teatro en un rincón, para ver el montaje donde, según cuentas, actúan amigos de otros dramas como Guillermo Piedrahíta o Gabriel Uribe. Pero no. Me contuve. Cerré la puerta de mi casa y primero que todo, escribí este textículo, a ver qué pasaba. En dos semanas, veré el montaje en Bogotá y escribiré sobre la puesta en escena y compararé las experiencias. De repente, la palabra y el verbo se hacen carne, no lo sé. Si no sucede, permítame decirle, señorita Márquez, que consiguió devolverle al ejercicio del teatro, ese arte por el que nos dio la gana enamorarnos, su dimensión, su esencia, su profundidad y su misterio. Donde la haya sacado del estadio con la puesta en escena le advierto que habrá una rosa negra de la envidia en su camerino. Y un nuevo artículo en el que me quitaré la cabeza y el sombrero. Si no me gusta, fresca. El teatro no le gusta a nadie. Bienvenida a Cundinamarca, dictadora de Copenhague. Una intensa cefalea se acaba de instalar en mi cerebelo. Me temo que ha sido, felizmente, por su culpa.