La República del Teatro |
Comentarios críticos sobre El dictador de Copenhague de Martha Márquez |
Como no tengo nada más que hacer en la vida, he decidido leerme las tres obras ganadoras de los Premios Nacionales de Dramaturgia “Festival de Teatro de Cali” (2006, 2008, 2010) que muy gentilmente me ha regalado una de sus artífices, la actriz y promotora cultural Luz Estela Gil. No, no voy a quejarme por no haberlas leído a tiempo. ¿A tiempo de qué? Los textos se publican para que provoquen su propia vida, para que existan por ahí. Ya sabemos que a los editores no les interesa publicar libros de poesía o libros de cine. Mucho menos de teatro. El teatro no se lee. Y tienen razón los editores. El teatro no se inventó para ser leído. El teatro se inventó para ser representado, para ser visto por un público en vivo y luego desaparecer. Sí. Existen algunos libros con diálogos y acotaciones. Pero la experiencia única e irrepetible de la representación se extingue, cuando los espectadores terminan de dar el último aplauso, se alejan de la sala, el celador apaga las luces y cierra la puerta para cohabitar con el fantasma de las tramoyas. Así es, así ha sido, así lo entendemos y lo aceptamos todos los que hemos nacido y vivido entre las bambalinas.
Con los tres premios de dramaturgia que he leído me llevé gratas sorpresas. En primer término, me encontré con una obra de Iván Montoya. Bueno, en realidad me sorprendió ver que Iván había sido el primer ganador del concurso, porque nunca pensé que su trabajo como escritor iba a tener el reconocimiento que desde hacía mucho tiempo merecía. Sí. Al ganador del premio del 2006, llamado con todas sus letras Iván Barlaham Montoya Correa, lo conozco desde muy niño, como actor del Teatro Experimental de Cali. Lo veía, a su vez, desnudo, en las clases de dibujo donde mi papá era profesor y donde Iván era estático modelo para los estudiantes de la anatomía humana. Pero, sobre todo, lo disfrutaba como nadie, pues Iván era el utilero, escenógrafo y maquillador de los espectáculos infantiles que montábamos con su colega, la inolvidable maestra Ana Ruth Velasco, en el glorioso departamento de teatro infantil de Bellas Artes, en el Cali de finales de la década del sesenta. Creo que nunca me reía tanto, como con los eternos chistes histriónicos de Iván. Y, por supuesto, me sentía orgulloso cuando lo veía sobre el escenario interpretando la galería de sus personajes inolvidables. Muchísimos años después, conseguí los tres tomos de su teatro (“Bíblico y goyesco”, “Colombia, crimen y delito” y “Derivaciones”) que Fernando Vidal le publicase en el ahora llamado Instituto Departamental de Bellas Artes. Justo reconocimiento a una leyenda de nuestra escena que ya atravesó sin afanes los ochenta años de edad. La obra ganadora de Iván se llama “Elogio a la locura. Reina en jaque” y es una esperpéntica reconstrucción del personaje mítico del delirio caleño: la primera dama de la esquizofrenia local, Miss Jovita Feijóo. ¿Sabrán los caleños actuales quién era Jovita Feijóo? No lo sé y no lo voy a contar ahora. Sólo quiero evocar aquí que para Iván es un triunfo de su persistencia pues, durante años, el actor representó a nuestra loca raizal en los desfiles de año viejo, como si se tratase de la reencarnación misma de su figura (ahora recuerdo a Jovita ovacionada en la plaza de toros, recuerdo acompañar a mi abuela a la misa por el alma de Jovita en la Catedral caleña, a Iván inventándose los premios “Iván” de actuación y se me cruzan los cables y de repente no podré seguir…)
Cerré las páginas del “Elogio a la locura”, lleno de evocaciones y pasé al segundo tomo. Mi hijo duerme. El perrito no ladra. Creo que puedo seguir adelante. El premio del 2008 se llama “Sólo como de un sueño de pronto nos levantamos” y es escrito por una de las más tercas creadoras del teatro de raíces rituales en Colombia. Se trata de la actriz y gestora Beatriz Camargo, a quien todos los mal llamados teatreros conocimos como parte esencial del Teatro La Candelaria de los años setenta. Beatriz armó tolda aparte, o mejor, armó maloca aparte y se fue para Villa de Leyva, donde creó su Teatro Itinerante del Sol y allí se ha inventado sus obras densas, profundas e irrepetibles. Beatriz, mucho más grotowskiana que Grotowski, quemó todas sus naves y se dedicó a convertir la vida en su propio universo para la escena. Este texto, escrito en profundas claves mexicanas, es la síntesis y el encuentro de muchos de sus golpes de creación, círculo que se cierra entre Quetzalcóatl y Cuauhtémoc, entre el tiempo y el espacio, entre la historia y el mito. Es indudable que Beatriz y su equipo de oficiantes han sabido construir, como nadie, los grandes temas indígenas desde una nueva perspectiva y tratando de aferrarse a una visión moderna de la tradición.
Respiro profundo. Voy al baño, me miro al espejo, me siento serio y responsable. Mi hijo no piensa despertarse. El perrito le ladra a la luna. Regreso a mi silla de lectura. Miro el título: “El dictador de Copenhague” firmado por Martha Isabel Márquez Quintero. Corchado. No la conozco. Bueno, sí. Sí la conozco. La he oído nombrar por ahí, cuando a uno le da por decir que el fin de la historia llegó hasta las puertas mismas del arte teatral colombiano. “Cómo se le ocurre, maestro”, le dicen al hombre de otrora. “Hay otros nombres en la dramaturgia nacional: Enrique Lozano, Felipe Vergara, Tania Cárdenas” y le dicen al escéptico una larga lista de nóveles artistas y todos los caminos terminan en Martha Márquez. Pero, ¿quién es Martha Márquez? Yo no lo sabía (aunque la había visto sin saberlo en el film “Todos tus muertos”), hasta el momento en el que abrí mi ejemplar de “El dictador de Copenhague” y ya no lo volví a cerrar sino cuando corrí a mi antiguo escritorio de madera y comencé a redactar, con mi pluma de ganso, las líneas que ahora leéis, oh, lector. A Iván Montoya, a Beatriz Camargo, los conozco desde mi otra vida, desde los tiempos en los que el teatro tenía forma y contenido. Los recuerdo, los evoco con verdadero cariño. Pero, ¿qué hacer con Martha Márquez? Abrí el libro, como quien no quiere la cosa, leí el prólogo, la presentación, los abrebocas. Luego el contenido. “Toc, toc, toc”. Allí comenzó el viaje. Y no he aterrizado todavía, porque cuando uno comienza a leer “El dictador de Copenhague” no termina cuando cierra el libro, sino mucho después, sacudiendo la cabeza con escalofríos, como cuando le echo agua a mi perrito para que no ladre tanto, para que deje de leer a Martha Márquez a altas horas de la madrugada.
Si lo que necesitábamos, mis amigos, era nuevas voces para el teatro colombiano, no dudo en decir que por aquí hay un camino, no sé cuál, pero qué voz tan potente la de esta señorita desconocida. De repente me estoy adelantando. He sabido que vive en Cali, que actualmente se encuentra en temporada en Cali Teatro y que pronto vendrá a Bogotá, a probarse en el Festival Iberoamericano del 2012. Has debido esperarte, Sandro. Has debido ver primero el montaje, porque esa obra, con un tinte poético de espátula y jabón de barra, se puede montar de un millón de maneras distintas y sería muy fácil caer en hondas decepciones, un texto escrito con plumas de ángel de la guarda convertido en triste remedo de sí mismo, traducido a tientas por su creadora urgente. No. No me importa. Corro el riesgo. No creo que Marco Antonio de la Parra, Aristides Vargas y Juan Manuel Roca, los jurados del premio en el 2010, hayan estado equivocados. Les hago coro y los apoyo. “El dictador de Copenhague” es un texto superior, contundente, himno nacional de las ambigüedades y de las evocaciones, único, irrepetible, terco, borracho, pesadamente urgente. He corrido a buscar otras obras de su autora, pensando que se trataba de un golpe de suerte de una colega que me producía envidia. Entonces he leído “Blanco, totalmente blanco” (Premio Jorge Isaacs de Autores Vallecaucanos en el 2007) y luego la eyaculatio precox de pocas páginas titulada “A mi medida” (Premio X Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero 2008 en España). Todas firmes, hermosas, fratricidas. “Caramba”, me digo. “La tal Martha Márquez nació para ganarse premios. Deberían prohibirle para siempre que vuelva a concursar”. Pero no. No podemos. Martha Márquez debe seguir concursando y debe continuar ganándose todos los premios como para que estemos todos seguros de no estar equivocados.
Los que sí me temo están un tanto deschavetados son los críticos de Martha Márquez. Me he puesto a escarbar por curiosidad, ya que me sobra el tiempo, los textos que se han escrito a propósito de la temporada de “El dictador de Copenhague”. La primera sorpresa me la dio el mismísimo Festival Iberoamericano de Teatro. En la lista de obras “audaces” que vienen al evento, la encabeza la obra de la señorita Márquez y la resumen como una historia “basada en el caso del violador y asesino Garavito”. Allí sí comencé a dudar de mí mismo. “What?”, me dije. “¡Esa no fue la obra que yo leí!”. Toda la tremenda catarata poética que había cacheteado mis mejillas y mis testículos me la trataban de explicar con un burdo referente directo que no le hace sino cosquillas al “Dictador de Copenhague”. Pensé que yo estaba en la acera de enfrente. Yo no había visto a ningún Garavito por ningún lado. Entonces seguí buscando y me encontré una decena de comentarios al estreno de la obra donde cuestionaban, palabras más, palabras menos, “las abstracciones” del texto. Otros, más académicos, trataban de “resumir” la “fábula”, para sentirse en puerto seguro. Más triste me puse. Lo que menos me interesaba de “El dictador de Copenhague” era si me estaba contando una historia. Es como si me diera, a estas alturas del partido, por valorar la fábula de “La cantante calva” o me diese por resumir un disco de Miles Davis. ¿Por qué el arte tiene que contar historias? ¿Por qué tenemos que asegurarnos de una anécdota para aprobar la tarea de la señorita Martha Márquez o la de cualquier otro inventor de mentiras?
Yo podría decir que “El dictador de Copenhague” se divide en 21 cuadros, que sus personajes son seis y que Copenhague no es la capital de la Dinamarca que conocí cuando me dio por conquistar los territorios de Hamlet. ¿Qué carajo nos importa? Lo interesante, lo bello, lo sorpresivo, lo inquietante de esta obra es que puede estar compuesta por 21 cuadros pero allí hay muchos más cuadros, un río de acertijos que no develaremos nunca pero que nos zambullen en el territorio de nuevos sueños, tan necesarios para mantenernos vivos, como las nuevas bebidas o las nuevas drogas. Qué festival de recursos el que nos propone en su texto la señorita Márquez. Y qué triste que se la cuestione porque su obra no construye claros contenidos. Lo que para el crítico es un latigazo, para la autora es, debería ser, suave caricia. Sus dentelladas han dado en el blanco, totalmente blanco. ¿Exagero? No sé, seguramente. De pronto, cuando vea la puesta en escena, repito, puede que me lleve una gran decepción. Demasiado tarde. El texto de la señorita Márquez ya logró conmoverme. Y si su montaje me decepciona, le escribiré un soneto donde le pido, con la mayor humildad, que siga probando, porque tiene unos cimientos como dos toros arrechos en la mitad de una plaza vacía.
Pero, señor Romero, nos podría decir, al menos, ¿de qué se trata la obra que comenta? No. No se los voy a decir, mis queridos radioescuchas. No se los voy a decir, porque yo no tengo ni idea de qué se trata “El dictador de Copenhague” y creo que ni me importa. Lo que sí les puedo decir es que sacude. Como me sacude un poema de Lezama Lima o una película de Tarkovski. No sabemos muy bien de qué van, pero van. ¡Y sí que llegan! La señorita Márquez no es Lezama Lima ni Tarkovski, pero sí tiene las agallas para escribir obras que le van a producir escozor a quienes esperan que, por favor, Aristóteles no se vaya a salir de la sala, porque ¿qué haremos, nosotros, huerfanillos, sin nuestro planteamiento, sin el buen nudo, sin el sano desenlace? Esta semana quise escaparme a Cali a ver “El dictador de Copenhague”. Tomar un avión en la mañana, almorzar en las ruinas del Restaurante Los Turcos, pasear al ritmo de la brisa del barrio San Antonio y esconderme en Cali Teatro en un rincón, para ver el montaje donde, según cuentas, actúan amigos de otros dramas como Guillermo Piedrahíta o Gabriel Uribe. Pero no. Me contuve. Cerré la puerta de mi casa y primero que todo, escribí este textículo, a ver qué pasaba. En dos semanas, veré el montaje en Bogotá y escribiré sobre la puesta en escena y compararé las experiencias. De repente, la palabra y el verbo se hacen carne, no lo sé. Si no sucede, permítame decirle, señorita Márquez, que consiguió devolverle al ejercicio del teatro, ese arte por el que nos dio la gana enamorarnos, su dimensión, su esencia, su profundidad y su misterio. Donde la haya sacado del estadio con la puesta en escena le advierto que habrá una rosa negra de la envidia en su camerino. Y un nuevo artículo en el que me quitaré la cabeza y el sombrero. Si no me gusta, fresca. El teatro no le gusta a nadie. Bienvenida a Cundinamarca, dictadora de Copenhague. Una intensa cefalea se acaba de instalar en mi cerebelo. Me temo que ha sido, felizmente, por su culpa.
El dictador de Copenhague es la historia de un maestro de Historia y Geografía en la zona rural de un pueblo llamado Copenhague donde la violencia es endémica y él es otra victima más: un violador ha asesinado a su único hijo y ha sido puesto en libertad por falta de evidencias. El drama se desarrolla en medio de sus contradicciones: hacer justicia por su propia mano o dejar las cosas como están; el deseo de viajar a la gran Copenhague; las actividades de maestro y la relación con sus alumnos —especialmente con su alumna amada—. Un clima de impunidad y justicia cuestionada tejen la trama y es allí donde, huérfana, queda atrapada la condición humana.
Desde la primera lectura que hice de El dictador de Copenhague hace algunos años, aún en pleno proceso de escritura, supe que estaba frente a un texto potente en su lenguaje, sólido en su arquitectura, paradójico, divertido y cruel. Durante esta primera lectura tuve además una serie de sensaciones que me generaron diversas evocaciones: los personajes de Joyce en Ulises cuando “actúan como si tuvieran una grabadora en el cerebro”, como decía Borges; los videos musicales de Pink Floyd en sus célebre alegoría a la educación; y las páginas rojas de lo periódicos cuando hacen referencia a nefastos personajes de nuestra patología criolla como Garavito, el violador, por su fuerte alusión al acoso sexual y a la violencia intrafamiliar; todo descrito en atmósferas alógicas que me remiten a la escolástica y a la moral religiosa en un circuito cerrado de metáforas inteligentes.
Hay en su escritura una exploración orgánica que parece reñir con la estructura aristotélica y ancla el drama con un nuevo tejido. Los personajes instalados en un tiempo discontinuo, presentados a saltos, asincrónicos, proponen una estructura en “ocho”. La obra se inicia en el punto donde se tocan los dos círculos, en un acontecimiento pasado que desencadena la trama: la llegada a casa del hijo vejado, para luego dar paso al desvelamiento del crimen, el culpable y la sanción, en un orden que, pareciendo atípico, refiere a una estructura policiaca. Aristóteles vuelve y juega: planteamiento, nudo y desenlace.
La estructura planteada por El dictador de Copenhague pone sobre la mesa la discusión contemporánea sobre el neo formalismo que desvela a los letrados y a los iniciados en las teorías propuestas por los académicos del teatro, que en su afán parricida y en la búsqueda desesperada de estructuras novedosas privilegian el empaque, la envoltura en el diálogo; en el manejo del tiempo; en la instalación o negación de los personajes; en el uso u omisión de las didascalias y en la reivindicación o no de la función narrativa. Asuntos que devienen de las posturas y competencias propias de la presunción académica, que considera a la fábula y a la trama explícita, como formas viejas decadentes y trasnochadas que de alguna manera hay que desterrar del oficio.
En El dictador de Copenhague sin hacer subsidiario lo que se cuenta, la fábula, y los conflictos que tejen los personajes, la trama, se indaga con acierto en el camino neo-formal, con fortuna en la construcción clara de los personajes que admiten la creación de atmósferas de tiempo, lugar y espacio, permitiendo la fluidez justa para que avance el “relato”, no solo en el plano de la cronología de los acontecimientos sino en el de la relaciones alógicas (de alguna manera absurdas e impregnadas con una fuerte dosis de moralidad que en cierta medida permea el texto). Y lo más importante: que amén de tener solidez literaria tiene la potencia justa para detonar una puesta en escena.
Atinada la acotación en función dialógica, no narrativa, cuando está propuesta desde el personaje que describe a otro y a sí mismo pues tensiona la acción y dinamiza el relato sin caer en lo narratúrgico:
DICTADOR: Me pareció escuchar un -toc en la puerta. La chimenea está encendida pero muestra ganas de apagarse. Algunos maderos están intactos todavía. […] Yo fumo en mi pipa mientras preparo la clase de hoy. […] Mi hijo único todavía se viste como niño. Anda en pantalón corto y se le ven las zancas. Él se parece a la luz del día que ya casi llega…
Efectiva también la acotación que pregunta, que comenta, que duda y crea sentidos autónomos; aunque hay algunas que no contribuyen al relato dialógico y que deberían ser revisadas pues se convierten en pleonasmos dado que no orientan el discurso escénico sino que de alguna manera actúan como la voz de la autora, dando instrucciones de dirección u orientando al personaje, rompiendo la acción en cuanto a la urgencia y autonomía del diálogo: “El dictador descubre que la pastilla sabe muy bien”.
De otra parte acotaciones como: “…el sonido de la niebla…. de un árbol que respira” son figuras de la literatura narrativa más que de la dramática, sin embargo, al no ser transitivas funcionan como fulgurancias poéticas.
U otras de este tipo:
El Dictador entrega a su Hijo una argolla. El Hijo con miedo, desconcierto, toma la argolla. Se la pone. Sonríe. Su pómulo, hinchado durazno es levantado por la sonrisa.
Éstas, siendo transitivas, son metáforas que hablan en función dramática más que narrativa. Lo mismo la siguiente:
Allí el Hijo. Con una vaca, una gallina y una mata de tomate. Allí la chimenea, expulsando aliento. Allí el Dictador aparece… Entonces el Hijo sale de la casa con una vaca, una gallina y una mata de tomate… Allí el golpe va caminando con Hijo a su cuarto.
Ejemplos como el anterior, junto a réplicas desconcertantes como las siguientes, tornan la trama absurda y delirante:
MENDIGO- ¡Arepas! ¡Tu hijo iba a volverse un gran asador de arepas!
El Hijo vestido de chef aparece asando arepas.
Oalusiones a la violencia con tropos de este tipo:
HIJO- Vengo del campo como todos los días.
HIJO- De verdad, dónde están mis tortugas pá.
DICTADOR- Las boté por el inodoro porque te está yendo mal en el colegio.
HIJO: Papi soy mayor de edad. Tengo una vaca una gallina y una mata de tomate. Tengo una fortuna.
DICTADOR: ¿Quien te ha dicho que una vaca, una gallina y una mata de tomate son una fortuna?
El hijo observa cada miembro de su fortuna.
Réplicas y acotaciones que le confieren al texto originalidad sin pretensiones formales, pues prima el impulso de transferir sensaciones, de contar desde los conflictos de los personajes, de sugerir, de conmover, de tomar partido desde la militancia poética en la que con libertad se instala el texto.
De otra aparte la ambigüedad del título alusiva al dictador, el que dicta, el maestro, o el que se impone a la fuerza como el violador, generan extrañeza pues si bien la referencia al dictador evoca el acto mecánico y repetitivo de la escuela tradicional, también refiere al acto paranoico del dictador que impone su ley.
Es claro que nada es nuevo, que tan solo hemos olvidado, como también es claro que es función del creador reinstalar lo viejo para que tenga envoltura novedosa. El dictador de Copenhague es un buen ejemplo.
Existe el prejuicio de que la escritura femenina debe restringirse a la elaboración de unos mundos específicos, de unos ciertos temas y tipos de personajes, que constantemente resalten la lucha y rebeldía de la mujer en contra de las leyes de los hombres. También se supone que la emotividad, delicadeza y el amor como ideal son recursos infalibles de estas dramaturgias.
Afortunadamente este panorama está cambiando y ya no se debe pensar que lo femenino va de la mano de lo feminista o lo ultra sensible. La dramaturga Martha Márquez desafía esta idea y se arriesga al proponer una obra inhóspita, impulsiva y en ocasiones violenta donde se ponen en juego la justicia y el perdón. ElDictadordeCopenhague es una pieza que desde su estructura se acerca a otros lenguajes, convenciones y sensibilidades alejándose de cualquier arquetipo.
La configuración del texto: atemporal, narrativo y con acotaciones omniscientes responde a una interpretación moderna de la vida y de sus tiempos. No es un desafío a lo clásico por mera rebeldía. La comunicación que tenemos con cercanos y extraños están sometidas a otra velocidades, códigos y medios. Es inevitable que la creación dramática no corresponda a la cotidianidad dinámica en la que vivimos. Más aún, si se instaura esta “babel informativa” en un personaje atormentado el resultado es esta fragmentación del hombre contemporáneo de la que tanto hablan Vattimo, Adorno y otros filósofos de la postmodernidad, y que a veces tanto cuesta entender.
Como algo contradictorio pero eficaz, la obra ocurre en un zona rural, estática, monótona. La vida del protagonista es rutinaria aún después de la pérdida de su hijo, sin embargo su mente ha quedado perturbada y toda las inquietudes e incertidumbres por la existencia misma obligan al personaje a cuestionarse convirtiéndose en alguien volátil y frágil. Esto no impide la profundización en las relaciones o en la psicología de los personajes, al contrario, se ofrece al lector o al espectador una simiente que crecerá en la medida en que cada uno de ellos reflexione sobre lo que propone la autora.
La sensibilidad de esta dramaturgia no radica en la delicadeza sino en la rabia y la frustración que despiertan otras conexiones; por eso es valioso que sea una mano femenina la que logra entrar en este mundo de hombres golpeados y solitarios asumiéndolo con finura, perspicacia y sin prejuicios. La historia se cuenta con claridad, a pesar de los saltos temporales que no comprometen su desarrollo lógico. La pieza guarda en sí misma una potencialidad escénica irresistible.
La siguiente instancia, la de la puesta en escena encierra sus propias dificultades. Este texto que rebosa de fortaleza y es armado con inteligencia, demanda un trabajo escénico que responda a sus necesidades particulares. El proyecto ha sido premiado en tres ocasiones (un reconocimiento por su dramaturgia y dos becas de creación para realizar el montaje), lo que demuestra que la propuesta de la autora es coherente y madura y que tiene fundamentos que la destacan entre sus contemporáneas. Claro, hay un riesgo cuando la autora dirige la puesta en escena, esta delgada linea divisoria entre ambos roles por momentos puede ser difusa obteniendo resultados insustanciales.
Para encontrar esa voz propia en el espacio teatral el primer paso es negar, en cierto sentido, la propia creación literaria y así encontrar la libertad necesaria para la creación escénica. En el montaje del Dictador,hay una búsqueda por salir de la opresión del texto. Cada actor indaga para darle peso, biografía y exactitud a su personaje aunque las escenas sean cortas y no ofrezcan mayor información. Es una dramaturgia que exige una análisis profundo sobre el comportamiento humano pues la economía de las situaciones no da mucho espacio para que los actores construyan una red amplia que sostenga su propuesta. Así que su tarea actoral es complicada y exigente.
Se trabaja con la oposición, en vez de aplacar las incertidumbres se crean muchas más. Dudas que llenan a estos personajes de debates internos constantes, tal cual los tenemos los seres humanos en la actualidad y es esta lectura, la de seres inquietos, atormentados, fragmentados, la que la directora busca evidenciar en una propuesta que sigue creciendo y alimentándose con el paso de los ensayos.
Estos mecanismos de investigación son la prueba de que el proyecto está en constante evolución. Llegarán más métodos y propuestas de estudio, quizás más interesantes y que continúen desentrañando este tipo de historias contemporáneas. La instancia de la escritura nace con sus propios tiempos y ritmos. El trabajo de puesta en escena tiene sus propias pulsaciones. El puente entre los dos cuando es la misma persona la que lo cruza obliga a cuestionar el punto de partida y a replantear ininterrumpidamente el punto de llegada. Sin embargo; no existe búsqueda y disputa más rica que ésta. El escenario obliga a realizar nuevas miradas en todo y aunque un buen texto es el mejor detonante, el aporte de los actores y de todos los implicados en el montaje significa llegar a descubrimientos que asombran hasta la mente que concibió todo.
Esto es de lo más valioso en un proyecto teatral de dramaturgia propia. Reafirmar que el texto no nació amarrado, inamovible, sino que al contrario, permite interpretaciones, revelaciones y alteraciones. El grupo de trabajo marcha como una unidad que trata de comprender un universo propio, la autora se integra en esa misión y la directora busca dentro de su saber cómo plasmar cada hallazgo.
ElDictador acierta en romper desde su escritura con preceptos revaluados, el montaje ha dado la oportunidad de recuperar la diversidad de experiencias y voces en un elenco bien armado, la estructura desafía el complacer de manera fácil al público y expone con honestidad la fragilidad del ser y su pensamiento.
Puede que con todos estos puntos a favor aún se caigan en errores que opaquen el montaje, la búsqueda de un lenguaje escenográfico es una tarea complicada y que requiere de precisión para este tipo de textos, no obstante la experiencia de comprobar la dramaturgia en la escena y de hacerla crecer con un grupo de trabajo enriquece en cantidades la calidad creativa tanto de la escritura como de la dirección. Así que solo se puede decir que la autora ha iniciado con el viento a su favor, un camino de propuestas enriquecedoras e interesantes para el teatro colombiano desde una mirada y una voz femenina. Espacio de creación que está saliendo de la sombra y se consolida cada vez más en el país.
No le ha ido bien al teatro en este XV Festival de Proartes: una parte de la programación era ya conocida y tenemos dudas acerca de si valía la pena volver a ver ese repertorio; de otra parte, claramente, hay la voluntad de hacer una apuesta por las dramaturgias contemporáneas, eso está bien, pero, las claves de esa dramaturgia, estudiada sistemáticamente en talleres de escritura, en un proceso de varios años, no acaban de convencer. La obra del catalán Sanchis Sinisterra, todo un símbolo de esta tendencia, resultó una dosis pesada de un teatro estático y aburrido, tal vez, intelectualmente impecable, pero, tediosa. Como algo más “desafiante” e “innovador”, según el acta del jurado que la premió, nos fue presentada la obra “El dictador de Copenhague”.
Tomemos solo este caso que resulta aleccionador. A mi modo de ver, cierto sector de la República del Teatro, ha caído en la trampa ideológica, pos-moderna o pos-dramática, nunca se sabe, de creer que lo esencial es romper con la estructura tradicional aristotélica, fragmentar el tiempo y el relato, exponer un rompecabezas para el espectador desprevenido, evitar relaciones explícitas de causa y efecto, renunciar a la psicología de los personajes, no intentar una exégesis de la realidad, crear, más bien, la sensación de una realidad inasible e inenarrable. No obstante esta carga de negaciones y rupturas programáticas, el teatro como el arte, no son un puro asunto formal, están al servicio de las ideas, sus referentes son la existencia humana y la vida social, son signos en un contexto cultural de significaciones que no podemos ignorar.
“El dictador de Copenhague” se organiza en torno a la figura siniestra del violador de niños y asesino en serie Garabito, cuya última noticia, aun más perturbadora, es que ya cumplió su condena, se trasformó en la cárcel en un beatífico pastor evangélico y se prepara, en olor de santidad, a regresar al seno de la familia colombiana. Al horror de los asesinatos y violaciones debemos sumar el horror de la liberación de un monstruo. Este es el trasfondo inevitable. La obra, no obstante, elabora su propia ficción, ordena su fábula de otra manera, no hace un retrato del psicópata, su centro es una víctima del aberrado: el profesor-dictador. Es un relato indirecto bastante extraño y confuso. El asesino ya está en la calle, hace una vida normal, hasta donde cabe, y el profesor-dictador evoca la desaparición de su hijo, en la soledad de su casa, al lado de su chimenea. Lo ve, imaginariamente, que agoniza, mientras por la pierna le corre un hilo aterrador de sangre y semen. No sabe nada, no se pregunta nada, siempre habla de otras cosas, es un hombre en el vacío, un profesor aislado del mundo real.
Parece que nos enfrentamos a una dramaturgia de las palabras y no de las situaciones y conflictos dramáticos. Su recurso esencial es la ironía, que busca la hilaridad del público, ante eventos cuya naturaleza son esencialmente trágicos. Desde el título el juego es, que las palabras significan otra cosa: el “dictador” es un humilde maestro ensimismado que “dicta” para que sus alumnos escriban, su autoritarismo es gramatical, remacha las comas y los puntos del dictado, con cierta perversidad obsesiva. “Copenhague” es el nombre de un municipio colombiano, así como muchos otros se llaman Génova o Filandia, nombres de otras tierras idealizadas o ironizadas. La obra funciona como una manipulación semántica del mensaje que oculta: el deseo de venganza del profesor o de la autora del texto, la justicia tribal de las Erinias griegas ante la imposibilidad del perdón. Al final el profesor mata a Garabito, pero, el tratamiento irónico de estos trágicos y terribles hechos de la crónica roja de la vida colombiana, resulta inadecuado, se produce una banalización del horror.
A diferencia del “Nuevo Teatro” de los 70, este teatro pos-moderno o pos-dramático de nuestro medio, evita todo compromiso ideológico, evita, tal vez, inútilmente, ser el vehículo legitimador de alguna ideología o visión de la realidad. Se entiende que la obra no intenta ser un análisis psicológico del profesor-dictador, menos del asesino que es casi una sombra, ni una reflexión metafísica sobre el mal que habita en la entraña de la sociedad colombiana, ni tampoco un análisis sociológico, pero, no se entiende qué quiere ser. Como gesto irónico, definitivo, de esta dramaturgia, podemos pensar que el profesor-dictador, centro dramático de toda la fábula, dada su concepción de la educación, autoritaria y retórica, llena de informaciones inútiles, es la causa última de un engendro como Garavito. La escena erótica de la alumna provocadora, inocentemente perversa, desata en él una violencia que alude a las turbulencias de su vida interior. Así como, también, la relación dura y a golpes con su hijo.
No hay espacio para tratar de la puesta en escena de forma más específica, pero, en Cali los temas y problemas de la dirección teatral se dan por resueltos. Se ha repetido, en un interminable diálogo de sordos, que la dramaturgia del texto es una cosa y la dramaturgia del espectáculo es otra. Excepcionalmente una misma persona sirve como actor, director y dramaturgo, son especialidades que se articulan y necesitan, pero, sus procesos y sus prácticas son autónomos. Al leer el texto de “El dictador de Copenhague” uno presiente otras convenciones, otras relaciones y otras intencionalidades. Esta obra ha de ser muy difícil para los actores conscientes de su oficio, no hay personajes en sentido canónico, salvo el profesor-dictador, todos los demás son episódicos, e incluso la acción de éste es en buena parte narrativa, suelta largas parrafadas y todo tiende a la monotonía. La negación de la dramaticidad, en el teatro pos-dramático, puede ser un manifiesto mal comprendido, no lo sabemos, pero, creemos que no importa mucho si el teatro tiene su origen, hoy día, en un texto clásico o moderno o contemporáneo, lo que al público le interesa es pasar dos horas entretenido en otra cosa, ponerse en contacto con un objeto artístico que provoca su admiración; mejor si está inscrito en una dimensión ética y estética que transforma su percepción del mundo.
Por Enrique Lozano
“La República del Teatro” es una colección de puntos de vista en torno a un mismo hecho escénico, El dictador de Copenhague. Como en toda colección –ya sea de insectos, monedas o estampillas– los diferentes ejemplares están expuestos el uno al lado del otro sin prevalencia de ninguno. El orden de los artículos es alfabético de acuerdo a los apellidos de los autores. Las diferentes visiones sobre la obra de Martha Márquez están expresadas de manera personal de acuerdo a la voluntad de los diferentes colaboradores. En mi papel de recopilador las únicas exigencias fueron de tema y extensión (alrededor de mil palabras).
Esta publicación no pretende ser un ejercicio de crítica homogénea sino un compendio de materiales diversos –opiniones, apuntes, comentarios– que dé cuenta no sólo de la pluralidad de ideas sobre la obra sino también de las distintas maneras de expresarlas. El objetivo final de este pequeño dossier es poner en conjunto diferentes visiones sobre este importante estreno del teatro caleño para contribuir a generar una lectura más amplia de parte del público.
Los colaboradores fueron escogidos por mí de acuerdo a mi propia experiencia en la escena local. La convocatoria inicial era más amplia, pero por diferentes inconvenientes el grupo se redujo. El conjunto está compuesto por personas con amplia trayectoria dentro de las diferentes áreas del teatro: la docencia, la actuación, la dirección y la dramaturgia. Son ellos: Orlando Cajamarca, Natasha Díaz, Mauricio Domenici, Martha Márquez, Ariel Martínez, Guillermo Piedrahíta y Fernando Vidal.
Por Martha Márquez
¿Actriz, directora o dramaturga? Quién le gana a quién o quién es más que quién o qué es lo que me queda mejor hecho. No me desvela. Más que del teatro, me siento una mujer de las ideas. Las que he querido poner al servicio de ese monstruo negro, acajonado que acojona. Si yo pudiera vivir de actuar, solo quisiera hacer eso y ser eso como lo único.
Escribo desde universos inacabados, un ojo que solo ve algunas cosas, partes de cuerpos, de vidas, partes de historias, de lugares, no totalidades. Por eso cuando los actores preguntan creen que yo tengo la respuesta, o las respuestas, y en realidad no. Así que al iniciar un proceso de montaje como en este caso, yo tengo también muchas preguntas que sé que la autora no resolverá, ni tampoco quiero casarme con las especulaciones de la autora, pues ya ella nos entregó su versión de los hechos, entonces voy a especular mejor con los actores y su espíritu tabernero y a creernos lo que más nos guste y si necesitamos cambiar alguna escena o eliminarla, lo haremos.
Esta experiencia me ha hecho vibrar y crecer. La mitad del elenco son compañeros de mi generación, que pueden no creerme del todo, no respetarme del todo, somos iguales, digamos que tenemos casi lo mismo en la cabecita. La otra mitad son mis maestros, me hayan dado clase o no (por maestros me refiero a que llevan una vida entera en algo en lo que yo apenas empiezo a jugar), y pueden no creerme del todo, no respetarme del todo, porque soy novata. Cuando hablo del ‘pueden no creerme’ no estoy diciendo que eso haya ocurrido, sino que en el fondo tienen la licencia de que así sea, y que en silencio, sin que me lo digan, se lo debatan, pero todos hemos jugado a creer pues primeramente yo he creído en ellos. Y se arma un elenco brillante donde jugamos con actores entre los 20 y los 70 años y yo soy la más privilegiada pues es mi equipo, yo lo elegí, y soy responsable, soy su madre. Sé que tengo un actor que no puedo sacar de escena, el Dictador, porque está en todas y si lo saco y lo entro cada vez, no solo el público dormirá, yo también. Sé que el texto me gana. Las acotaciones son literarias, difícilmente lograré el efecto sugestivo en la puesta. Exijo, pido y suplico a los actores las cosas que yo me exigiría, pediría y suplicaría como actriz: una exuberante y copiosa bitácora, un bombardeo de preguntas, imágenes, referentes, debates, quejas, propuestas infinitas, fantasía. Pero yo soy ansiosa, impulsiva. Y todos tienen que trabajar en otras cosas, vivir en otras cosas, tienen que irse rápido del ensayo, afuera hay otra vida, los tres pesos que aquí reciben son simbología, váyanse, hagan lo que tengan que hacer, igual yo también tengo un bebé y a veces llego tarde o no puedo seguir de largo como quisiera, entonces mientras, yo repaso, duermo, me embriago con solucionar el montaje todo el tiempo, alguien debe hacerlo.
Me gasto el dinero de la beca construyendo cosas que al verlas y usarlas son inútiles, estúpidas y majestuosas. ¿Por qué nadie me lo dijo? ¿Por qué me gasté tanto dinero en una persona, en una cosa, o en varias cosas que para nada aportaron? Porque el teatro es así. Ahí por desgracia habrá que tener mucha experiencia para saber sin haber construido algo, si sirve o no sirve. Para saber si una persona te dará lo que necesitas y a veces ni las recomendaciones son suficientes. Tengo el garaje lleno de propuestas construidas que ahora ya no están en el escenario, cada objeto que se vino a mi mente y mandé a hacer y arrastré al elenco hacia esas ideas y ahora los arrastro de vuelta y les digo: “esas no eran”, y ellos dicen: “bueno”. Tengo una actriz que es un animal en el escenario, pero que nos ha vuelto animales con su incumplimiento y su desidia, ¿cómo la despido? Yo no quiero despedir a nadie, no quiero estar en esa posición, no quiero ser yo la lección encarnada para esa niña, pero no me queda más remedio.
Llamo a Coco, un gran actor y le digo: “ven a mi montaje, tengo plata de otra beca y quiero invertirla en mis actores, hagamos un taller para ellos, compartamos este oficio, seguro les gustarás mucho, soy mujer, a lo mejor los mamo a ratos en esta atmósfera machista, o los mamo no más con mi voz dulce y tontas sonrisas y necesitan ver un varón y actor bien puesto que también les hable y les haga creer”. Y Coco viene y nos acompaña y pasamos tres días durmiendo y comiendo juntos, todos trabajando doce horas diarias en el taller, en una finca lejos de algún bar, solo para respirar Dictador. No tenemos espacio de ensayo las siguientes semanas, desocupo mi sala, aquí lo hacemos, aquí empecemos, pero empecemos ya, lo importante es hacer.
En el montaje de este texto que escribí hace algunos años sin imaginar su potencia, he tratado de solucionar a través de lo actoral y evocar los espacios en los que transitan los personajes de manera práctica. No tan práctica como para llegar a pensar que solo con iluminación recrearé los espacios, y sin el extremo de usar el cubo que se vuelve mesa, asiento, cama y lo que quiera. Es ese punto intermedio donde está la luz, pero también está el objeto cubo que te ayuda a resolver múltiples espacios y significados, allí puse las soluciones para el Dictador. Yo le apuesto a los actores, pero no tengo líos con quienes apuestan otras cosas con el teatro. Me gusta lo que fue, ha sido y seguirá siendo el proceso, no solo pulo el montaje, sino que me pulo a mí misma. Y agradezco a Quique esta iniciativa y estos preciosísimos dibujos que acompañan el tiempo de quienes escribieron y de quienes leerán “La República del Teatro”.
El comienzo de la obra ubica al Dictador en una situación límite: está solo y cree oír un toc toc en la puerta. No sabe si es verdad o no: “Me pareció escuchar un toc toc en la puerta”. La pérdida de contacto con el mundo real nos presenta su drama en toda su intensidad de dolor y desgarro, que descubrimos a través de sus pensamientos, de la confusión y angustia ocasionada por la muerte de su hijo. Lo ve entrar radiante como la luz del día y al mismo tiempo descubre en su pierna una mezcla de semen y sangre.
Este inicio abre la situación del personaje a su dolor sordo, que ha empezado desde la violación y asesinato de su hijo y nos lleva a las penumbras y laberintos de sus pensamientos.
Las situaciones saltan de manera vertiginosa, sin sucesión cronológica, el personaje pasa de una situación a otra sin solución de continuidad y como en los sueños se superponen las imágenes.
Durante el montaje empecé a meterme en los conflictos del personaje, y a viajar a través de su drama. El Dictador tiene momentos cruciales: Entra en zozobra después del encuentro con el mendigo que le señala al asesino de su hijo que vive en libertad en su mismo pueblo. Con su hijo vive relaciones ambivalentes: la imposibilidad de abrazarlo cuando este se va de la casa, golpearlo cuando llega tarde porque piensa que su educación debe ser fuerte y los castigos duros. En la celebración del cumpleaños, no puede decirle que lo quiere, pero inmediatamente está en su escuela dando un dictado desbordado de palabras con toda su pasión y cariño por sus estudiantes. Con su alumna amada, quien con su provocación inocentemente perversa lo lleva a estados insospechados de deseos, pasiones reprimidas y rabias, situándolo al borde del comportamiento del asesino de su hijo. Con el reencuentro con el ex alumno que vive en el verdadero Copenhague, muestra todo lo que el profesor ha perdido a consecuencia de su tragedia. Al final, después de esconder su odio y rabia, decide buscar al asesino y al confrontarlo cae vertiginosamente en la búsqueda de justicia por su propia mano.
Una orientación de la dirección fue que nuestro trabajo de actuación encontrara el alma del personaje; esto me llevó a la búsqueda interna del mismo, a indagar cómo su manera de pensar determina sus actos. Cómo hacer que sus pensamientos sean verdaderos en escena y no exteriores. Cuáles son sus motivaciones internas, qué lo mueve, qué lo incita en la ejecución de las acciones. Qué esconde detrás de su máscara. Estas fueron tareas fundamentales durante todo el proceso del montaje.
Aparecen los secretos, los misterios que no se conocen del personaje, y entre más enigmas, más intenso es el trabajo del actor. Esas preguntas y descubrimientos nunca acaban. Uno da respuestas con las acciones, pero otro actor podrá inventará otras.
En este personaje los diálogos que mantiene con él mismo son muy reveladores. Como él dice: “Aparecen los pensamientos como dictados. Los dictados que tenemos todos. El lastre de nuestra habladora soledad. El ser hablante que no para de hablar por dentro y que nadie puede escuchar afuera”. Cuando habla solo, sus pensamientos mueven su alma adolorida y crean una detención del tiempo y extraña distorsión de las acciones.
Dentro de él habitan muchos otros personajes y una tarea del actor es descubrir esas máscaras que se esconden detrás de él. Cómo dejar sonar esa polifonía de voces, cómo entrar en ese concierto del personaje donde las contradicciones son las que lo mueven y le dan vida.
Los dictados son reveladores del caos de su mundo interno, donde el desorden se convierte en su orden y su manera particular de pensar el mundo. Allí aparece el mundo real que está viviendo guerras, atentados, asesinatos, violaciones, masacres, tortura, racismo, injusticia. Lo interesante es que el personaje habita mundos opuestos. De ese mundo accidentado y catastrófico, pasa a un estado donde anuncia un mundo feliz, se vuelve un visionario de un mundo mejor, del triunfo de la justicia, viendo a sus alumnos como los transformadores. La complejidad del personaje es lo que tenemos que encontrar y ese mundo interno del personaje está hecho de acciones físicas, emociones y palabras que nos revelan su alma.
En el montaje trabajamos la construcción del personaje no solo a través de conceptos o ideas, sino sobre todo de motivaciones, estímulos e imágenes para realizar las acciones, cargando de la energía esencial el conflicto de cada situación. Y cuando llega el momento de seleccionar las acciones encontramos el problema crucial de la actuación: meterse de lleno en la acción respetando la partitura pero sin que esta se vea y sí el fuego de la acción.
Al final de la obra oigo la voz del Dictador: “Lo mismo que hay que decir cada hora que pasa y cada día que pasa. Es esencial, en este mundo plagado de universo, de estrellas, de eternidad. Dentro de cien años habrá que decir lo mismo. Hubo muchos muertos en aquel entonces”. Es una conexión con nuestro mundo, con nuestros conflictos, con la sociedad de violencia que tenemos debajo de nosotros, que convive con nosotros pero no queremos ver. A través de este personaje empiezo a vislumbrar la desgracia de un ser humano tan parecido a nosotros, del país violento que padecemos calladamente, pero que nos negamos a reconocer.
El siguiente comentario corresponde a la función de estreno realizada el domingo 6 de noviembre a las cinco de la tarde en el Teatro Municipal de la Beca de Coproducción para Montaje Teatral del Festival Internacional de Arte de Cali 2011. Recordemos que la autora/directora del Dictador de Copenhague había ganado el Premio Nacional de Dramaturgia Festival de Teatro de Cali 2010 con el texto de esta misma obra, que gira en torno al tema Garavito, pero no sobre la anécdota de este despiadado asesino en serie, sino sobre la tensión que genera el abuso de autoridad ejercido como perversión mental contra la frágil expresión de los afectos cargada de peligros, que la escritora explica como un exorcismo por el dolor que se siente ante la magnitud de estos hechos. El Dictador se enfrenta a un dilema, aprovecha la oportunidad para ejercer la justicia por su propia mano o admite la impunidad, se traga su dolor y huye a Copenhague en Dinamarca, país al que ha sido invitado por un exalumno que lo admira.
Dado que me refiero a la función de estreno, es necesario resaltar que el Festival no le dio el carácter de importancia a su propia Beca de Creación, no hubo un representante oficial de la organización que presentara y destacara este evento en particular, fue una función más y no el estreno de una Beca de treinta millones de pesos, que algún sentido habrá tenido para ser convocada, quizás auspiciar un espacio para estimular el ejercicio profesional y el riesgo artístico con una propuesta que dinamice la producción escénica en la región. Fue una función cualquiera en cuanto a este aspecto formal, otra más de un evento que a fuerza de rutina y repetición está perdiendo el vigor de otras ediciones, es un discurrir cansado que no convoca a la participación ciudadana ni se inscribe como el máximo suceso bienal de las artes en Cali, lugar que le corresponde por su trayectoria y la repercusión histórica que otrora ha tenido. Lo anterior se vio reflejado en la discreta asistencia de público.
Al abrirse el telón de boca, un gran tablero en el centro del escenario domina la escena, así como el maestro de escuela rural, al que la autora se empeña en llamar Dictador, domina la acción a través de sus dictados ortográficos, que son a la vez un ejercicio pedagógico y un juego de imposiciones, dictados sordos dichos sin respiro por ese maestro de un lejano pueblo en la geografía colombiana, que como tantos y tantos municipios añora a alguna ciudad europea, en este caso a Copenhague. El maestro enseña como aprendió, su lema educativo le sirve tanto para dar o mejor, dictar sus clases, como para educar a su hijo: en una acotación del texto se resalta que “Allí en la mejilla durazno del hijo, allí cae el puño del dictador” mientras el personaje le habla al público: “Hago una argolla de acero como la mía para él. Él algún día crecerá y tendrá alguien a quien pegarle”.
La autora/directora, ganadora de esta beca de creación con una propuesta de montaje de su obra el Dictador de Copenhague, sale al frente del escenario, al proscenio iluminado por un seguidor que la enfoca algo nerviosa, con su pequeño hijo en los brazos, como evidencia de un trabajo artístico que es a su vez un testimonio biográfico y el resultado de unos reconocimientos que ella misma deberá presentar para contextualizar a un público disímil, algunos despistados y otros expectantes de este acontecimiento casi secreto.
Sabemos de su boca que la obra alude al fantasma colectivo de ese violador en serie de niños regados a lo ancho y largo de la geografía nacional que tanto impacto e indignación ha generado en el sentir colectivo, así como el rechazo a la absurda decisión de dejarlo en libertad sin estar seguros de su comportamiento, respaldado en la evidencia de su conversión religiosa. Tal vez es una diatriba sobre la injusticia y sus efectos en el dislocado comportamiento colectivo, que nos vuelve a todos parte integral de los hechos que se desarrollan a saltos, fragmentados, oscilando entre la primera y la tercera persona, entre el actor/personaje que comenta y el personaje que salta al efecto ilusorio de una convencional cuarta pared, entre el extrañamiento y la catarsis.
El dictador no es ni bueno ni malo, es un victimario/víctima que reproduce unas crueles circunstancias vividas que se riegan como verdolaga, ni el mendigo es tan inocente a pesar de su miseria total, pues incita al dictador a la venganza como señal de agradecimiento por darle comida y escucharlo, le señala al violador asesino de su hijo, detonando la escena final en la que él sacia su rabia contenida, se enarbola el derecho de ser justiciero. Creo que aún no está lograda la intervención de Garavito (en la obra el personaje se llama Asesino), al reducirse a la aparición final, un recurso sorpresivo, que quizás requiriera una referencia anterior lo suficientemente contundente para darle mayor efecto narrativo a la puesta en escena. Aunque el actor que hace de Asesino aparece en distintos momentos, rayando el tablero, en una procesión de la semana santa, en las actividades represivas del ejército, nada evidencia que se trata del personaje que sale en la última escena cercado por el profesor dictador que viene a vengar el cruento asesinato de su único hijo, pues además, a lo largo de la representación debe esforzarse por aparecer casi invisible, por borrarse en el escenario.
En esta ocasión, el montaje es el punto de vista de la autora/directora que se presenta ella misma en el estreno, para presentar su obra, y nos remite también a un ejercicio de escritura en proceso, la dramaturgia del espectáculo, que está abierta a continuas modificaciones, antes un ensayo muy acabado que un resultado perfecto, clausurado. Es interesante este contraste de puntos de vista entre autora y directora, asumidos con audacia por la misma persona, Martha Márquez, que considero más desenvuelta en la versatilidad del texto escrito, pero que explora sus posibilidades de resolución escénica, ayudada por un elenco novedoso y participativo en este proceso de creación contemporáneo, liderado por los experimentados actores Guillermo Piedrahita (el dictador), Lisímaco Núñez (el mendigo) y Gabriel Uribe (Asesino), junto a jóvenes promesas de la escena local, conformados en una Unión Temporal en la cual se asocian los grupos Teatroas, El Taller y en Obra Negra. Es una experiencia destacada que abre la posibilidad de espacios de intercambio artístico, de gestión y producción para aportar a la dinamización teatral de la ciudad.