La República del Teatro |
Comentarios críticos sobre El dictador de Copenhague de Martha Márquez |
Por Martha Márquez
¿Actriz, directora o dramaturga? Quién le gana a quién o quién es más que quién o qué es lo que me queda mejor hecho. No me desvela. Más que del teatro, me siento una mujer de las ideas. Las que he querido poner al servicio de ese monstruo negro, acajonado que acojona. Si yo pudiera vivir de actuar, solo quisiera hacer eso y ser eso como lo único.
Escribo desde universos inacabados, un ojo que solo ve algunas cosas, partes de cuerpos, de vidas, partes de historias, de lugares, no totalidades. Por eso cuando los actores preguntan creen que yo tengo la respuesta, o las respuestas, y en realidad no. Así que al iniciar un proceso de montaje como en este caso, yo tengo también muchas preguntas que sé que la autora no resolverá, ni tampoco quiero casarme con las especulaciones de la autora, pues ya ella nos entregó su versión de los hechos, entonces voy a especular mejor con los actores y su espíritu tabernero y a creernos lo que más nos guste y si necesitamos cambiar alguna escena o eliminarla, lo haremos.
Esta experiencia me ha hecho vibrar y crecer. La mitad del elenco son compañeros de mi generación, que pueden no creerme del todo, no respetarme del todo, somos iguales, digamos que tenemos casi lo mismo en la cabecita. La otra mitad son mis maestros, me hayan dado clase o no (por maestros me refiero a que llevan una vida entera en algo en lo que yo apenas empiezo a jugar), y pueden no creerme del todo, no respetarme del todo, porque soy novata. Cuando hablo del ‘pueden no creerme’ no estoy diciendo que eso haya ocurrido, sino que en el fondo tienen la licencia de que así sea, y que en silencio, sin que me lo digan, se lo debatan, pero todos hemos jugado a creer pues primeramente yo he creído en ellos. Y se arma un elenco brillante donde jugamos con actores entre los 20 y los 70 años y yo soy la más privilegiada pues es mi equipo, yo lo elegí, y soy responsable, soy su madre. Sé que tengo un actor que no puedo sacar de escena, el Dictador, porque está en todas y si lo saco y lo entro cada vez, no solo el público dormirá, yo también. Sé que el texto me gana. Las acotaciones son literarias, difícilmente lograré el efecto sugestivo en la puesta. Exijo, pido y suplico a los actores las cosas que yo me exigiría, pediría y suplicaría como actriz: una exuberante y copiosa bitácora, un bombardeo de preguntas, imágenes, referentes, debates, quejas, propuestas infinitas, fantasía. Pero yo soy ansiosa, impulsiva. Y todos tienen que trabajar en otras cosas, vivir en otras cosas, tienen que irse rápido del ensayo, afuera hay otra vida, los tres pesos que aquí reciben son simbología, váyanse, hagan lo que tengan que hacer, igual yo también tengo un bebé y a veces llego tarde o no puedo seguir de largo como quisiera, entonces mientras, yo repaso, duermo, me embriago con solucionar el montaje todo el tiempo, alguien debe hacerlo.
Me gasto el dinero de la beca construyendo cosas que al verlas y usarlas son inútiles, estúpidas y majestuosas. ¿Por qué nadie me lo dijo? ¿Por qué me gasté tanto dinero en una persona, en una cosa, o en varias cosas que para nada aportaron? Porque el teatro es así. Ahí por desgracia habrá que tener mucha experiencia para saber sin haber construido algo, si sirve o no sirve. Para saber si una persona te dará lo que necesitas y a veces ni las recomendaciones son suficientes. Tengo el garaje lleno de propuestas construidas que ahora ya no están en el escenario, cada objeto que se vino a mi mente y mandé a hacer y arrastré al elenco hacia esas ideas y ahora los arrastro de vuelta y les digo: “esas no eran”, y ellos dicen: “bueno”. Tengo una actriz que es un animal en el escenario, pero que nos ha vuelto animales con su incumplimiento y su desidia, ¿cómo la despido? Yo no quiero despedir a nadie, no quiero estar en esa posición, no quiero ser yo la lección encarnada para esa niña, pero no me queda más remedio.
Llamo a Coco, un gran actor y le digo: “ven a mi montaje, tengo plata de otra beca y quiero invertirla en mis actores, hagamos un taller para ellos, compartamos este oficio, seguro les gustarás mucho, soy mujer, a lo mejor los mamo a ratos en esta atmósfera machista, o los mamo no más con mi voz dulce y tontas sonrisas y necesitan ver un varón y actor bien puesto que también les hable y les haga creer”. Y Coco viene y nos acompaña y pasamos tres días durmiendo y comiendo juntos, todos trabajando doce horas diarias en el taller, en una finca lejos de algún bar, solo para respirar Dictador. No tenemos espacio de ensayo las siguientes semanas, desocupo mi sala, aquí lo hacemos, aquí empecemos, pero empecemos ya, lo importante es hacer.
En el montaje de este texto que escribí hace algunos años sin imaginar su potencia, he tratado de solucionar a través de lo actoral y evocar los espacios en los que transitan los personajes de manera práctica. No tan práctica como para llegar a pensar que solo con iluminación recrearé los espacios, y sin el extremo de usar el cubo que se vuelve mesa, asiento, cama y lo que quiera. Es ese punto intermedio donde está la luz, pero también está el objeto cubo que te ayuda a resolver múltiples espacios y significados, allí puse las soluciones para el Dictador. Yo le apuesto a los actores, pero no tengo líos con quienes apuestan otras cosas con el teatro. Me gusta lo que fue, ha sido y seguirá siendo el proceso, no solo pulo el montaje, sino que me pulo a mí misma. Y agradezco a Quique esta iniciativa y estos preciosísimos dibujos que acompañan el tiempo de quienes escribieron y de quienes leerán “La República del Teatro”.